sábado, diciembre 30, 2006

Canaleta

Ante tu estupor, el lanzamiento de Walter es tan desviado, que cae en la casa del vecino, matando a los seis perros. Es el momento de huir. Como siempre que hay que huir, Walter se sube a tu espalda.

Tu: Bájate, cretino, tenemos los zapatos del salón.

Walter: Genial.

Walter se baja de tu espalda y adopta la actitud dinámica que precede al raje. Lo tomas de la solapa y lo increpas.

Tu: Ya veo. Era mentira… era todo mentira… Siempre te cargo yo a ti y tu nunca me cargas a mi. Más de una vez hemos discutido por esto y nunca hasta recién me fue tan claro el alcance de tu vileza. Tu intención no era cuidar mi espalda desde un lugar privilegiado. Nunca consideraste que cargarme era exponer mi espalda a eventualidades y amenazas. Simplemente eran engaños para no tener que cargarme. En el momento que te diste cuenta de que tu también tenías zapatos, le diste las espaldas a mi espalda.

Walter: Si así es como te sientes, renuncio

Tu: No. Estás despedido.

Walter: Lo mismo da

Tu: Te indemnizaré. Ahora que ambos tenemos zapatos, no compartiremos tantos taxis. Con la indemnización podrás pagar los taxis hasta que encuentres otro trabajo.

sábado, diciembre 16, 2006

Goteras en el techo

ernesto había adquirido dos baldes de considerable tamaño, y, después de llenar uno hasta su capacidad con agua, se armó de un gotero para vaciarlo una gota a la vez. El agua iba a dar al balde vacío, donde muy lentamente crecía la marea.
Cuando los baldes tuvieron más o menos la misma cantidad de agua, aproveché un descuido de ernesto para cambiarlos de lugar. Eran idénticos y rojos.
ernesto, inadvertidamente, empezó a reponer el agua que había vaciado del balde original. Mi magnifica celada parecía dar enorme resultado, y yo anudaba y desanudaba mis dedos de manera siniestra, disfrutando de mi triunfo secreto.
Pero con el pasar de las gotas se hizo de día. Entonces pudimos ver que el balde que llenaba ya había rebalsado, mientras que en el otro aun quedaba la mitad.
Y ernesto seguía con el gotero. A las pocas horas flotábamos sobre el sillón, en la pileta que se había formado en el cuarto. Yo intentaba detenerlo, temeroso de que el agua estuviera electrificada por alguna lámpara subacuática, o que creciera hasta que el ventilador de techo nos hiciera más bajitos.
Cuando comenzaron las olas de quince metros, por un segundo creímos que ahora había más agua en el cuarto que la que estaba en el primer balde. Nos pareció inverosímil. No obstante, por las dudas, empezamos a vaciar baldes por la ventana, ernesto ahora convencido de lo menesteroso de nuestra situación.
A eso de las cinco el agua había llegado al techo, encerrándonos en una trampa mortal y mojada. Si ernesto no murió es porque justo había respirado mucho el día anterior y no le hacía tanta falta. Yo tal vez si morí, pero no sabría precisar. Natasha, que era el agua, se reía asustando a los peces.

martes, diciembre 05, 2006

Naturaleza muerta