jueves, mayo 10, 2018

Lo que importa


Imaginemos que hay un árbol. Es importante que lo imaginemos de a poco y en detalle, que le demos importancia a cada relieve de la corteza, a las raíces, a las ramas y a las hojas.  Lo que importa es que lo creemos y lo creamos del todo. Que sea convincente, eso es lo importante. Luego, con el tiempo, pongámosle frutas al árbol que imaginamos y, mientras lo hacemos, pensemos en su importancia. Pueden ser manzanas u otras frutas, pueden incluso ser peras o limones. Lo importantes es que imaginemos que hay un árbol y que ese árbol tiene frutas. Pero, y esto es importante, no imaginemos frutas venenosas. Es muy importante que imaginemos frutas comestibles. Esto último es muy importante, porque las frutas venenosas que sean imaginadas, lamentablemente no podrán ser comidas cuando estén maduras. Aunque es importante notar que esto también es cierto sobre las frutas imaginadas que sí sean comestibles, ya que al ser imaginarias, no pueden ser comidas, así esta distinción no es del todo importante.

FIN

Quiero aclararle a mis lectores que este cuento en realidad es una metáfora sobre las cosas, las gentes y las vidas. No quisiera que alguien lo tomara literalmente y se estresara dándole importancia a algo. Nada, en realidad, es muy importante.

martes, diciembre 12, 2017

El Apocalipsis de Muchi

¿Cuándo empieza un crimen? ¿Qué hace que alguien tome una vida? ¿O varias? ¿O todas? La clave en muchos casos, como en el mío, está en la infancia.
Hace tres años, a los siete, tuve poliox. Desde entonces soy Poliox. Estábamos en Marte cuando empezó la epidemia. Me acuerdo de papá y mamá discutiendo en voz baja en el pasillo, para que yo no oyera. Papá lloraba y le decía a mamá que tenía miedo, que quería subirnos a una silla y cambiar de Sistema, “Pensá en Muchi”. Pero mamá le recordaba que eran doctores, “No podemos”, le decía, “Somos doctores”. Así que nos quedamos. Mamá y papa salvaron algunas vidas y quemaron muchos cuerpos. Yo me agarré poliox y sobreviví. Pero no la estoy pasando bien.
A medida que el poliox avanza por mi cerebro, se agudiza el síntoma, que es la exacerbación sostenida y exponencial de todas las funciones corporales. Necesito beber y comer a un ritmo solo comparable con el que voy al baño, oigo los sonidos más sutiles nítidamente y la voz humana como un cuerno infernal, el aire deja en mi boca gusto a entropía, sudo como una mercuriana, mi pelo crece como una víbora y hace tres años que todos los días huelen peor.
El olor. Lo peor es el olor. Y cada día es peor el olor. A veces, cuando estoy sola y a oscuras, me saco las vendas de los ojos y los tapones de las orejas, pero nunca los de la nariz, hace rato que solo respiro por la boca. Igual huelo todo. Lo huelo por los poros. Huelo en el cuerpo de la gente su pasado, su presente y su futuro. Sé todo el tiempo lo que piensa todo el mundo, con solo olerlos... Y me aburren, me deprimen, me dan pena. “Qué tímida es esta nena”, dicen, pero no es que yo sea tímida, es que ellos no son nada.
Y cada día soy más fuerte, y salto más alto, y mis reflejos son más rápidos. Y aunque puedo destruir casi cualquier cosa con mis puños, también soy capaz de movimientos muy precisos y sutiles. Tampoco quiero mandarme la parte, pero es linda la sensación, y es nueva para mí. Soy un poco como una maestra del kung fu. Siempre sé cuándo algo se va a caer de la mesa, y siempre lo atajo. Eso es lo único que me gusta de ser Poliox, ser Kung Fu.
Después del olor, lo peor es pensar todo el tiempo. Pensar muchas cosas a la vez. Cosas difíciles, incómodas, molestas. Sobre el principio del universo, sobre su fin, sobre su final. Y nunca hay una conclusión, cada descubrimiento abre nuevas preguntas, crea más problemas de los que resuelve, así que cada vez sé menos. Es como estar encerrada en un laberinto que crece más rápido que mis pasos. Quiero parar de pensar y no puedo.
Pero ya se acaba, por suerte no necesito entender el universo para destruirlo. La idea es comprimir Todo en un punto infinitamente pequeño, y después seguir apretando. Hice las cuentas, funciona. Cuando yo quiera se acaba todo para siempre.
Pero en vez de apretar el botón, me puse a escribir esto. Y ya no entiendo bien porqué.  Y cuanto más lo pienso menos sentido le enc

jueves, julio 09, 2015

Mario

Una clase en una escuela. Sentados en sus pupitres hay veinte alumnos. El maestro es Mario. Los alumnos también son Mario y son idénticos entre sí. El maestro es idéntico a los alumnos pero más grande y con los ojos humedecidos por la emoción.

Mario: Siendo la última clase, me gustaría usar estos minutos que quedan para despedirme de ustedes. Quiero agradecerle de corazón. Ha sido un privilegio ser su maestro durante estos cinco años. Son un grupo extraordinario, de veras, cada uno de ustedes. Mañana, cuando reciban su hongo, van a ser grandes, pero hoy todavía son chicos, y todavía son mi responsabilidad. Me encantaría tener alguna última frase que decirles, algo que los ayude a pasar este mundo tan difícil, pero no existen las recetas mágicas, existe la experiencia y la concentración. Cuando salgan ahí afuera van a tener una sola oportunidad, y les puede ir mejor o peor pero sepan que hagan lo que hagan, nos sirve para aprender.

Mario se da vuelta y apunta a la enorme videoteca.

Mario: Pero ojo, que si hacen alguna burrada, pueden terminar en la sección burradas.

Los Marios ríen al unísono.

Mario: Ríanse, pero de esos errores tontos también hemos aprendido. Vamos progresando todos juntos, como si fuéramos un solo Mario.

Mario hace una pausa para que los Marios puedan tomar cabal provecho de eso que dijo sobre el único Mario. Después avanza hacia la biblioteca con una media sonrisa en los labios.

Mario: Hay un último ejemplo que quiero mostrarles.

Se oye el descontento generalizado de los Marios

Mario: Vamos, Marios, es el último. Fíjense bien, tal vez reconozcan al Mario de algún lado. Aunque los años no vienen solos...

Mario mete el videotape en la videocasetera y le da play. Se llega a ver por un mínimo instante a un Mario sobre una plataforma movediza, pero enseguida se empieza a ver mal, entrecortado y con mucho tracking. De pronto la imagen se corta y la videocasetera escupe el casete dañado, con la cinta salida para afuera.

Después de un silencio, algunos Marios se ríen, y de a poco la clase se descontrola, los Marios empiezan a charlar, a pararse, a caminar y hasta a saltar un poco. Mario se pasa un rato tratando de meter la cinta de nuevo adentro  del casete, y para cuando se rinde e intenta recuperar la clase, ya es demasiado tarde. Sus últimas palabras se pierden en el murmullo general de charlas, risas y sonidos de saltos.

Mario: Bueno, se rompió... Pero básicamente... en este ejemplo, Mario pisa una tortuga y aprovecha el impulso para saltar y agarrar unas monedas. Cegado por la ambición, no mira bien donde cae y sin querer patea el caparazón de la tortuga que había quedado en el piso...

Suena el timbre. Los Marios empiezan a salir en manada de la clase mientras Mario sigue hablando.

Mario: El caparazón sale a gran velocidad, deslizándose por el suelo, luego rebota en un tubo y vuelve hacia Mario...

Ya todos los Marios han salido de la clase y Mario se queda solo un rato, en silencio.

Mario: Saltá.

domingo, julio 05, 2015

Cuántas

Te buscamos en la estación. Traías una sola valija muy chiquita, pero eran tantas que no cupo en el sulky y decidimos hacer dos viajes. Llegamos al casco viejo y te mostré tus habitaciones interpelándote varias veces, pero sin lograr entablar una conversación. Supongo que estabas absorto en tus pensamientos. Te invité a que empezaras a instalarte mientras íbamos a buscar el resto de tu equipaje y entonces me tomaste del brazo y confusamente balbuceaste que solo traías una valija muy chiquita, que no hacía falta hacer un segundo viaje. Me solté de tu agarre, que ya empezaba a doler, y te expliqué que aunque la valija sea muy chiquita, son tantas que no cabe en el sulky.

viernes, febrero 20, 2015

Ping-Pong

Un hombre mayor, que ya no duerme tanto como antes, que ya no está agobiado por obligaciones, cuyos amigos ya no están o ya no son sus amigos, decide agenciarse un pasatiempo al que dedicarle las horas muertas que preceden a la muerte. Vende, regala o tira los trastos que ocupaban el sótano húmedo, pero conserva la mesa de ping-pong, sobre la cual va construyendo, de a poco, una ciudad en miniatura. Trabaja minuciosamente desde la nostalgia, y cada detalle evoca tiempos más simples y más puros. Al cabo de seis años de labor constante, las casitas, el tranvía, la biblioteca y las escuelas ya ocupan el total de la superficie edificable. El viejo se ve obligado a comprar otra mesa de ping-pong para poder seguir llenando el ocio. Seis años después la segunda mesa ya está llena y, al ver que no hay lugar en el sótano para una tercera mesa, el viejo, con el pulso firme y resuelto, levanta una plaza para dar lugar al primer edificio.  

domingo, febrero 15, 2015

Observación

Con Quielo le mandamos un mail a Nik:

Señor Nik,

Desde hace años leemos su tira “La foto que habla” de La Nación y le queremos comentar algo que empezamos a notar desde hace un tiempo.

Entendemos que el mecanismo de la viñeta consiste en elegir una foto que muestre una situación determinada y luego agregarle un texto que la resignifique, contradiga y/o subraye, con intenciones satíricas. Por ejemplo, en este caso, en el que Maradona, manejando un yate y fumando un habano, enarbola un discurso de izquierda. Para que la foto “hable”, el chiste debe surgir de la imagen o en contraposición a ella.

Sin embargo, en muchos casos este mecanismo no se respeta. En este otro ejemplo, en el que se ve la Casa Rosada y se traza un paralelismo entre el rating de Tinelli y el ajuste, notamos que el diálogo es autónomo, y no necesita de la foto para entenderse. El diálogo no resignifica, contradice o subraya la foto. La imagen podía no estar y el chiste se entendería igual. Incluso los globos de diálogo vienen de afuera. No sentimos que en este caso la foto esté “hablando”. Esto sucede a menudo en sus trabajos.

No queríamos dejar de hacerle llegar esta observación.
Saludos,

Ezequiel y Mateo

viernes, febrero 06, 2015

Sapito

Cada vez que se agacha con dificultad, el viejo levanta la misma piedra. Enojado, usa la poca fuerza que le queda para arrojarla sobre la cordillera. Después vuelve a agacharse dolorosamente y levanta otra piedra, pero otra vez es la misma, y otra vez le sorprende que cada vez sea la misma. Ya es viejo y las sorpresas no lo sorprenden, así que la tira de nuevo a algún país vecino, con la esperanza de no volver a encontrarla. Pero, cuando se agacha a levantar otra, no es otra. 

miércoles, mayo 14, 2014

Autocrítica

Yo no soy más tarado porque no tengo tiempo. Estoy demasiado ocupado haciendo todo tipo de taradeces. Desde chiquito soy así, tarado. Hasta mis amigos me dicen “Tarado” cariñosamente. No sé qué será, me parece que tengo algún tipo de tara o algo, sino no me explico. Soy tan tarado que cuando oigo a alguien decir “tarado” por la calle me doy vuelta, como un tarado. Y si algún día hacen una competencia de tarados, y ponen a todos los tarados del mundo, e inventan alguna suerte de taradómetro para medir la taradés de cada tarado, seguramente pierdo. Por tarado. Ahora eso sí, soy muy bueno tocando la bocina del auto.


sábado, mayo 03, 2014

Carta abierta a Los Borrachos del Tablón

Borrachos,

Últimamente estoy coqueteando con la idea de dejar de ser del millo por culpa de sus cantos xenófobos. No me gusta eso. No me parece bien que una persona sea sujeta a burla y discriminación por el mero hecho de provenir de otro país.

Hoy les hablo desde lo más hondo de la franja roja que me cruza el pecho. Yo tengo un plan, una solución a toda esta violencia, pero necesito de su ayuda para hacerla realidad. Sé que van a apoyarme, porque ustedes, aparte de ser borrachos, son del tablón.

La idea es conservar la melodía y modificar la letra un poco, como para permitir que un público más amplio, de personas menos racistas, pueda incorporase al canto. Por ejemplo, esta famosa canción de la hinchada...

Qué feo ser bostero y boliviano
y en una villa tener que vivir.
La hermana revolea la cartera,
la vieja chupa pijas por ahí.

Bostero, bostero, bostero,
bostero, no lo pienses más.
Andate a vivir a Bolivia,
toda tu familia está allá.

...no está bien. Ustedes ya saben que no está bien. ¿Por qué lo siguen haciendo? Ey, chicos, ey...
Ya es feo que piensen esas cosas, pero más feo es que las anden gritando frente a miles de otras personas. En serio. ¿Qué tal si probamos con una letra más civilizada?

Qué tal si probamos con esto:

Qué feo ser de boca y extranjero
Y en la pobreza tener que vivir
Su madre tiene sexo por dinero
Su hermana es promiscua por ahí

Xeneize xeneize xeneize
 Xeneize dajá de dudar
Pasate a un estado vecino
Junto a tu comunidad

Ahora sí. Eliminando términos tan feos como “bosta”, “pija” y “boliviano”, logramos depurar el mensaje hasta que queda nada más que lo esencial: Vamos River.

Veamos otro ejemplo de una canción inaceptable de la barra:

En el barrio de La Boca,
Viven todos bolivianos,
Que cagan en la vereda,
Y se limpian con la mano,

El sábado en la bailanta,
Se van a poner en pedo,
Y se van de vacaciones,
A la playa del riachuelo,

Hay que matarlos a todos mamá,
que no quede ni un bostero,
Hay que matarlos a todos mamá,
A todos los bosteros.

Feo. Y violento. ¿A ustedes les gustaría, Borrachos, que alguien viniera y les dijera esas cosas a ustedes? No. Claro que no. Veamos cómo podemos mejorar esa letra:

En el barrio de la boca
 viven muchos extranjeros,
de hábitos indeseables
que prescinden del aseo.

Los días no laborables
suelen beber sin cuidado,
y su punto de vacaciones
es un río contaminado.

Hay quitarles la vida, mamá,
que se extingan como especie.
Hay que quitarles la vida mamá
a todos los xeneizes.

Recuerden borrachines, entre todos, día a día, podemos construir un fútbol mejor. Un fútbol sin violencia ni discriminación.

viernes, abril 25, 2014

El fin justifica los miedos

Pocas cuadras antes de morir en Congreso, Álvarez Thomas se bifurca, como si supiera. Nace Galván, donde está el CEMIC. Galván pasa a ser Huidobro, que se convierte en Mitre, que después es Fondo de la Legua. Y así siempre, las calles van cambiando de nombre hasta llegar a Chile y al Pacífico.

Pero yo sé que Álvarez Thomas se dio cuenta de que venía Congreso y se bifurcó. Tenía la esperanza de que alguna parte de él lo sobreviviera, y así fue. Porque esa conciencia de la finitud era hereditaria, y es en Galván donde termina de refinarse, donde pasa de ser una sensación incierta a un concepto acabado y pronunciable. 

En la esquina de Galván y Quesada había un cartel con el nombre de las calles, y a la noche el farol estiraba la sombra del cartel contra la pared de la esquina, y era lindo. Alguien con un aerosol fue y pintó encima de la sombra. La trazó perfectamente para que coincidiera con la sombra verdadera. Y fue más lindo, porque uno pasaba al mediodía y ahí estaba la sombra.

Y un día alguien sacó el cartel. Ahora la sombra sobra. Pobre farol.


lunes, enero 20, 2014

Duelo a muerte

Hace diez años que no hablo con mi hermana. Un tercio de mi vida, un cuarto de la suya. La estoy yendo a ver por última vez, a cajón abierto. Si ella estuviera viva probablemente no me dejaría poner un pié en su velorio. Y yo respetaría su deseo, porque la quería más que a nadie en el mundo. Pero eso es lo bueno de los muertos, chupa un huevo lo que quieren.

Dejó dos criaturas preciosas. Un varón y una nena. Los estoy mirando ahora mismo, sentados uno al lado del otro. Ezequiel (12) agarrándole la mano a Tamara (7). Ella tiene los deditos verdes de apretar con tanta fuerza la mano de Ezequiel. Los miro a través de los hielos de mi vaso y se parecen un poco a mí.

En la barra se me acerca el tío Marcos. Me saluda e inmediatamente me pregunta cuánto tiempo pienso quedarme. Lo dice en tono violento y en un volumen suficientemente alto como para que lo oigan todos, el muy cagón. Yo le respondo al mismo volumen, “No sé, ¿cuánto whisky queda?”, y  todos en la sala se ríen a carcajadas. No, mentira... nadie se ríe.

Hago mi breve discurso, mirando a mis viejos sollozantes. Digo que me doy cuenta de que que no soy bienvenido, que parece que esta es una fiesta privada, y otras cosas del estilo. Después me tomo el vaso entero y lo dejo caer al piso. No lo tiro, lo suelto. Ni siquiera se rompe.

Miro a Eze y a la pequeña Tamara, sentaditos, mirándome fijo, más asustados que nunca, y les digo: “Tal vez su mamá los haya querido más que a mí, pero a mí me quiso durante más años. Aprendan a multiplicar, pendejos.”

En la calle me doy cuenta de que hice mal en desquitarme con los chicos, y por un segundo pienso en volver para pedirles perdón. Pero miro por la ventana y veo que no voy a poder hablarles, porque ahora están rodeados de adultos, que los abrazan y les hablan. Seguramente les estarán diciendo que yo estoy estoy loco y mentiras así. "Tu tío es un loco. Tu mamá está viva."


lunes, agosto 19, 2013

Mandato

Fui criado en una especie de fanatismo cínico y ateo. Papá no creía ni en los relojes. Mamá, hacia el final, no creía ni en el materialismo dialéctico. Crecí con la certeza de que La Verdad existía, pero, como el díos de los piadosos, no se dejaba ver jamás. Y mis padres, injustamente, también me inculcaron el mandato de buscar esa verdad elusiva, de denunciar la mentira, de luchar contra toda falsedad, de poner el grito en el cielo ante la más mínima tergiversación de lo real.

Mi infancia estuvo privada de fantasía y de ficción. Las quimeras que llenaban las horas ociosas de mis compañeros me resultaban tan ajenas como estúpidas. Mi imaginación amputada me vedaba, incluso, la pavorosa compañía de los monstruos. Mis maestros me juzgaban serio y antisocial, pero lo cierto es que en todo contacto humano debe mediar una ilusión, una mentira de la que yo era incapaz.

Ayer, después de enterrar a papá, salí con mi hermana del cementerio y caminamos sin rumbo y en silencio durante unas horas. En nuestro camino cruzamos a una vagabunda que tenía un pedazo de cartón con la palabra “vidente” anotada en lápiz. 

Me sembró una duda.

miércoles, marzo 06, 2013

Un caso de gravedad


Hay veces en la vida de un médico en los que la biblioteca se te prende fuego. Aunque ya conozcas exactamente el lugar preciso de cada parte del cuerpo (fémur, rodilla, cabeza), hay días en los que el cuerpo humano te sorprende y te confronta con tu propia ignorancia, y ves cuán compleja es la máquina de la vida y cuán lejos estamos de entenderla. Hoy fue uno de esos días.

Soria, Enrique Soria.

Se levantó con bastante dificultad de la silla. Yo ya había visto que estaba un poco pálido el par de veces que salí a la sala de espera a llamar a otros pacientes. Una vez que estuvo sentado en la camilla pude examinarlo, y enseguida empecé a darme cuenta de que su camisa estaba cubierta de sangre. Le pregunté al respecto.

¿Y esta sangre, Soria?

Como única respuesta, extendió la mano derecha, en la que sostenía su brazo izquierdo. De pronto noté que había sido separado violentamente del resto de su cuerpo. Fue muy impresionante. Nada te prepara para una cosa así. Ningún libro de medicina te dice qué hacer si un tipo pierde un brazo.

Hmm, la extremidad superior derecha.

Tomé su brazo cercenado en mis manos y lo miré largo rato. Improvisé. Con pulso ansioso pero medido, metí el brazo por la mana ensangrentada de la camisa y lo puse más o menos en el lugar donde iba. Después lo solté de repente. Pero el brazo, en lugar de sanarse como yo esperaba, se deslizó por adentro de la manga y rodó por la camilla hasta caer al suelo.

Claro, la gravedad. 

viernes, noviembre 30, 2012

Extraordinarias extremidades extranumerarias


Tocó a mi puerta un peatón, pero no le abrí enseguida, primero lo espié por la ranura de las cartas con disimulo. El peatón se dio cuenta, y mirándome a los ojos dijo “Hola, soy Gaspar, me mudé acá al lado y pensé que tal vez podíamos ser amigos. Te traje un postrecito Sancor.” De la vergüenza que me daba que me hubiera agarrado espiándolo, cerré el obturador de cartas con ruidosa torpeza. Temí que lo tomara como un agravio y dije “Uy, qué portazo”, y la situación recuperó así su anterior balance. 
Aunque en realidad yo seguía sospechando de él, después de todo ya se había hecho pasar por un peatón cuando en realidad era un vecino. De cualquier forma lo hice pasar, y mis sospechas enseguida se disiparon cuando reconocí el logotipo de Sancor. Era cierto, me había traído un postrecito.  
Manchita empezó a morderle los tobillos izquierdos juguetonamente. Manchita es mi tío político, que vive con nosotros desde que mi tía (que también trabaja en la gobernación) lo echó de la casa por comerse sus pantuflas. Gaspar lo encontró amoroso, y le dio unos cigarrillos que mi tío fumó con fruición acostado entre dos de los pies de mi nuevo amigo.
 La conversación fue del todo banal, pero a medida que pasaban los minutos fui intuyendo la verdadera trama de esa visita inesperada. Comprendí que estaba en peligro, y que cada segundo que durara nuestra entrevista el riesgo de muerte era mayor. En un momento se llevó una mano al bolsillo del saco y supe que era mi fin. Pero qué tonto fui al volver a dudar de Gaspar, porque del bolsillo no extrajo un arma, sino otro postrecito Sancor, que me entregó amablemente. Traje tres cucharas y lo compartimos. A Gaspar le parecía adorable ver como mi tío comía el postrecito con la cuchara. Le sacó una foto con su celular.

martes, agosto 07, 2012

La hazaña


Estaba realmente furioso y no medí mis palabras. Le dije lo que pensaba sobre su asquerosa lasagna. Escupí mi insulto en voz baja y corrosiva desde atrás de un cigarrillo fresco, como si nada. La maldad le despeinó los bucles y me miró incrédula unos segundos, profundamente dolida. Después reaccionó. Levantó el cenicero de vidrio de la mesa y me lo tiró, pegándome de lleno en la frente. El golpe me hizo inclinar la cabeza hacia atrás, y el cigarrillo se me escapó de los labios y salió dando giros por el aire. El cenicero cayó intacto sobre la mesa y un instante después el cigarrillo cayó adentro, en perfecta posición de cigarrillo que espera ser fumado, con la brasa en el centro y el filtro posándose delicadamente en la caladura destinada a tal fin. Lentamente estiré el brazo y lo agarré, le di una honda pitada y volví a apoyarlo en su lugar. Por fin la miré y le dije con saña: ¿Viste lo que hice? 

viernes, junio 29, 2012

Generación K


Hoy me llegó un mensaje de texto que decía: "Hola Ana soy Mateo d anoche en club6 jajaa me pareciste una mina copada y te kiero volver a ver ja". El mensaje me pegó, me dolió fuerte y dulce. A veces la vida te sonríe con una mueca siniestra, pero esa mueca no deja de ser una sonrisa. A través del dolor, o tal vez movido por el dolor, encontré una certeza que me envolvió en una cálida paz. Contesté el mensaje: "Mateo. Tres cosas voy a decirte. La primera es que kiero k atesores eso k sentís, tu capacidad para sentirlo, tu talento, esa fragilidad k te da poder, esa capacidad para buscar un espejo imperfecto donde mirarte sin pudor, esa inocencia sabia. Segundo, yo no soy Ana. Me llamo Mateo, como vos. Te dio mal el número. Seríamos muy inocentes al suponer k fue un error de su parte. No, Mateo, lo hizo adrede, para no atenderte. Tercero (y acá kiero que prestes mucha atención, porque lo k voy a decirte es importante) estate seguro de k la vamos a encontrar. No voy a descansar hasta k vos y Ana estén juntos.” Terminé de escribir el mensaje con los ojos cargados de lágrimas. Lo envié, como quién se desangra. Club 6, pensé, club 6. Todavía envuelto en un aura agridulce, me puse el sobretodo y salí para el cyber, a investigar.

jueves, junio 21, 2012

El Oasis del Acertijo


“Cuéntanos de tus aventuras padre”, solían pedirle sus hijos a Carlos El Aventurero. Y en esas ocasiones, Carlos se sentaba frente al fuego, levantaba con una mano a cada uno de sus hijos y los sentaba sobre sus rodillas. Después, en un tono muy grave, contaba historias asombrosas de sus viajes y batallas.
“Llegará un día en que ustedes también serán valerosos guerreros y dominarán la espada como su padre, y hay una lección que no quiero que olviden jamás. En la batalla y en la vida el ingenio y la astucia son igual de importantes que la fuerza física. Así como la espada debe ser pesada y dura para golpear más fuerte, también debe ser filosa para cortar la carne y los huesos. El filo de un guerrero es su agudeza mental e inteligencia. Yo mismo, más de una vez, tuve que usar la inteligencia.
“Una vez llegué, exhausto después de semanas en el desierto, a un oasis cercado por una muralla. Fui rodeando la pared hasta dar con dos guardias armados, cada uno protegiendo una entrada. Les pedí que me abrieran la puerta.
Lea el cartel señor, me dijo uno de los guardias. En efecto había un cartel entre las dos puerta y procedí a leerlo. Decía “Una de estas puertas da al Oasis del Acertijo, la otra a una muerte segura. Los guardias contestarán cualquier pregunta que tenga. Uno de los dos guardias dice siempre la verdad, el otro siempre miente.”
Y  ahí puse en acción el ingenio. Primero les pregunté a ambos guardias si eran el guardia que siempre decía la verdad y los dos me dijeron que sí. Obviamente uno estaba mintiendo. Les pregunté si la puerta de la derecha daba al oasis, pero no sirvió, porque cada uno me dijo algo distinto. Entonces di con la respuesta. Hice un movimiento astuto e inteligente y golpeé la cabeza de uno de los guardias contra el cartel, haciéndola explotar. Le saqué su lanza con astucia y se la clavé al otro guardia en la garganta.”
“¿Y cómo hiciste para entrar al oasis, padre?” preguntó uno de los pequeños hijos de Carlos El Aventurero.
“Exactamente lo qué pensé yo apenas terminé de usar el pensamiento para matar a los guardias: ahora cómo sé cuál de las puertas da al oasis. Y arriesgué con inteligencia, porque acerté y no morí.
“De culo”.

viernes, mayo 13, 2011

El mismo

Dos cajas grandes de madera, llenas de papeles. El trabajo de diez años, en lápiz. Jeroglíficos indescifrables, anotaciones al margen de todo, ecuaciones inconclusas que se mordían la cola, matemática tan abstracta que tuve que inventar otra matemática para anotarla. Basura que incluso a las llamas les costó tragar.

Tardé un par de horas en quemarlo todo en un barril de basura oxidado que iba alimentando de a una hoja por vez. Antes de tirar cada página al averno, le pegaba una última mirada masoquista a los garabatos desdibujados que pretendían explicar algo que, aparentemente, no tenía ningún deseo de dejarse entender. Estaban numeradas y las tiré en orden. Fue como viajar en el tiempo y revivir un pensamiento obsesivo, constante y ramificado que se perdía, volvía atrás, avanzaba en otra dirección, se perdía y volvía a empezar. Diez años desperdiciados en un laberinto, todo el rato sospechando que en realidad se trataba de una cárcel. Es increíble que no lo hubiera abandonado antes.

Se apagó la última llama del último papel. Agarré un hacha y destrocé las dos cajas y las quemé también, sabían demasiado. Cuando se apagaron las maderas y quedaron solo las brazas, empecé a sentir el frío. Levanté la mirada del barril y me despertó una imagen de increíble belleza: un universo de cenizas casi quietas en el aire denso, flotando. Matemática quemada, sin solución, pero viva en el espacio. Una manzana del tamaño de nueva york me cayó en la cabeza, Eureka se levantó de su larga siesta y entendí. Vi cada cuenta otra vez, en un instante, en lo que tarda una partícula de ceniza en caer un centímetro.

Hojas en blanco, necesitaba hojas frescas y un lápiz bien filoso. Entré a la casa dejando la cabeza en el jardín. Me pasé varios segundos parado con la puerta abierta, dejando entrar el aire helado y mirando un almohadón en el piso sin verlo realmente. Alguna parte de mi notó que el almohadón estaba fuera de su lugar, y se quedó esperando que el cerebro, entorpecido y sobrecargado por otro pensamiento mucho más complejo y fascinante, se dignara a sacar alguna conclusión. Después algo se movió en el cuarto, una mano que saludaba, y vi a mi padre, sentado en el sillón. Casi no se notaba que llevaba cinco años muerto.

“Me parezco a papá, ¿no?” dijo, y volvió a saludar con la mano vieja. A la mano le faltaba un dedo, y supe de pronto quién era. No me desmayé, pero las piernas dejaron de hacer lo suyo, y caí de rodillas sobre el almohadón, que estaba ahí para que yo cayera sobre él. Miré mi propia mano, los cuatro dedos y la palma. Miré sus ojos, del mismo verde que los míos, y dije mi propio nombre en voz alta.

“El mismo.”
“Lo acabo de ver… las cenizas.”, dije.
“Ya sé.”, dije.

viernes, marzo 04, 2011

Medio par de medias

Media única y sola, media sin par,

Medio par de medias en mi placard.

Media solita, media individual,

Media que nunca llega al total.


Parte de un par de medias en mi cajón,

Medio escondida abajo de un calzón.

Del total sos una mera porción,

Medio que se me parte el corazón.


Único cobertor de mi extremidad,

¿Dónde se habrá ido tu otra mitad?

Me falta una media y no se donde está,

Me falta un soquete para la unidad


Indivisible átomo de vestuario,

Envoltorio de mi paso diario,

El tiempo ya no pasa en tu calendario,

Todo el día guardada en el armario

domingo, febrero 13, 2011

Cómo ver el universo con bastante claridad

  1. Si sobre la “mesa” hay un paquete abierto de “galletitas”, guárdelas (junto con cualquier otra “cosa” que haya en la “habitación”) en un “cajón” de la “cómoda.” Si la “cómoda” se encuentra dentro del “cuarto”, deberá también ser guardada con las “galletitas”. Este primer paso es imprescindible, ya que es tan vasto el universo y tantas las “cosas” que hay en él, que la presencia concreta de un “objeto” cualquiera le impediría soltar la ilusión de que la “galletita” no es parte de “usted” cuando está sobre la “mesa”, pero lo es cuando la come.
  1. Notará que al inhalar, lo que estaba “afuera” pasa a estar “adentro”, y luego sale cuando exhala. A esto lo llamamos respirar. Hágalo normalmente.
  1. Active tres chakras a elección. La activación económica de una chacra de cría de animales domésticos también será aceptada.
  1. El cuarto paso es tan evidente que ni hace falta anotarlo.
  1. Repita el cuarto paso pero sin emplear las varillas y usando moldes nuevos. A esta altura ya debiera estar viendo una nublada imagen del universo, los contornos serán lo más nítido y a color, y hacia el centro se irá empastando. Este fuera de foco es provocado por sus miedos e inseguridades. Usted no quiere ver realmente el universo, farsante. Usted sigue encantado con los fragmentos, cobarde. Era de esperarse esta actitud de semejante pusilánime.
  1. Disculpe el abuso verbal del paso anterior, pero era necesario. Usted debe ahora sentirse insignificante ante la enormidad del cosmos, debe sentirse una basura banal, una nada intrascendente. Sólo cuando su autovaloración haya alcanzado un punto insosteniblemente bajo, su psique esgrimirá un último recurso salvador, la única alternativa a la crisis nerviosa, y comprenderá que, lejos de ser una ínfima parte de ese todo, usted es el todo mismo. Nada puede empezar o terminar, ocupando un espacio limitado. No existe un número más grande que uno.
  1. Y ahí lo tiene al universo, todo lleno de puntitos.