martes, julio 14, 2009

La viuda del profesor Araya

Facundo: Terminala con eso, Dolores. El profesor Araya está dónde lo dejamos, en el lecho del río, atado a una piedra enorme. Ahora decime cómo lograste los truquitos de la taza y la ventana.

Facundo toma a Dolores por las muñecas y la obliga a descubrirse la cara. La besa en los ojos húmedos, lame una lágrima de la punta de su nariz y le habla muy cerca de los labios con un tono suave.

Facundo: Yo sabía que esto iba a pasar. No sabía bien cómo, y admiro tu creatividad, pero estaba seguro de que algo ibas a inventar. Por eso te amo, por tu ambición. Mirá, tengo la piel de gallina. Pero no por el fantasma, por vos. Vos me das miedo.

Dolores: (entre sollozos, mirando asustada al fantasma) Está ahí… está ahí…

Facundo se da vuelta y mira el rincón.

Facundo: ¿Y qué está haciendo?

Dolores: Abre… Abre la boca y le salen peces… que nadan alrededor de su cuerpo… en el aire.

Facundo (la sacude de los hombros): ¡Basta, Dolores! ¡Basta carajo!

Se levanta y mira de reojo el rincón.

Facundo: ¿Por qué no me contás el resto del plan así vamos más rápido? ¿Yo salgo corriendo por la puerta gritando “fantasma, fantasma” y vos te quedás con toda la guita? ¿Es así? (se tranquiliza) Bueno, yo tengo uno mejor. Vos subís a ponerte el disfraz de viuda lastimera, vamos a la iglesia a despedir al pobre profesor y después paramos en un McDonald´s camino a Cancún. Nos casamos y enseguida te empiezo a hacer pibes a lo loco. (Le acaricia el pelo en silencio) ¿Qué vas a hacer con toda esa plata vos solita?

Dolores: Sí. Vamos. Vayamos ya. Sin nada. Nosotros solos. No necesitamos nada de ese viejo asqueroso. Que se pudra con lo peces.

Dolores se levanta y va hacia la puerta, pero Facundo la agarra de la muñeca.

Facundo: Decime la combinación y andá a cambiarte.

Dolores responde que sí con la cabeza e intenta sonreir, pero de pronto se da vuelta asustada y empieza a retroceder de espaldas.

Dolores: No. No. ¡No!

Facundo: ¿Qué pasa?

Dolores: Salí, correte. Me está mirando. Viene. (Grita y se desmaya)

Facundo: ¡Dolores!

Facundo se tira al piso y avanza hasta Dolores mirando para todos lados. Dolores se sacude con un espasmo de poseída. La mesita da una vuelta en el aire sin que nadie la toque. Dolores empieza a escupir sangre.

Facundo: ¡Dolores!

Facundo se levanta para salir corriendo pero se tropieza con algo y cae. Se vuelve a levantar y está a punto de salir corriendo, pero se detiene. Avanza hasta la mesa y se queda parado un rato en silencio.

Facundo: Dolores.

Silencio.

Facundo: Dolores.

Espera unos segundos y después se agacha y tira de un hilo de tanza que está atado a una de las patas de la mesa. La pierna de Dolores se sacude.

Facundo:
¿Tanza, mi amor? ¿En serio?

Dolores se levanta de mal humor y se limpia la sangre de la cara. Va hasta la caja fuerte, se sienta en el piso y hace girar la ruedita. Facundo se para atrás de ella. Dolores abre la caja fuerte y los dos sonríen.


Dolores: Un solo pibe me podés hacer.

Facundo: Tres.

Dolores: Uno.

Empiezan a meter los billetes en un bolso.

Facundo: Se va a aburrir.

-

miércoles, junio 24, 2009

Otra vez mi cabeza


miércoles, junio 17, 2009

Autoretrato


martes, junio 16, 2009

Apio


viernes, junio 12, 2009

lunes, mayo 25, 2009

Al final era todo un sueño

Una espada rompe mi bufanda a la mitad. “Qué pena”, pienso, pero enseguida me consuelo con la idea de usar las dos mitades para apoyar la pava en la mesa. Pero pronto recuerdo que yo llevaba esa bufanda puesta en el momento del corte, y que ahora soy una cabeza en el aire, cayendo.

Caigo sobre una montañita de arena que se infla y desinfla regularmente, como si respirara. Empiezo a caminar sin rumbo entre miles de montañitas idénticas. Alguien, un insecto diminuto, está caminando sin rumo entre los miles de pequeños granos de mi cara, que se inflan y desinflan dependiendo de la marea del pus subcutáneo. Distraído con el diminuto espejo, tropiezo y caigo.

Después caigo al revés y me gusta, porque ya no estoy de cara en el piso, sino parado. Comparto el entremés que venía escondiendo y me siento un poco mordido con cada bocado que le dan, como si yo mismo fuera la mitad de enero. Me pican las manos y me rasco las dos al mismo tiempo, una con la otra. Pero después intuyo que las manos me picarían aunque yo no estubiera ahí para sentirlo, y me cruzó de brazos. Tentado por el aroma, me acerco a una estatua. Pero no alcanzo a alcnzarla, porque en el camino me caigo al revés. Y me gusta, porque ya no estoy durmiendo, sino en pijama, y ya puedo empezar a fumar cigarrillos.

miércoles, mayo 20, 2009

Amigos, familia,

Me voy a tener que poner a escribir un nuevo libro, porque el que venía escribiendo se quedó sin hojas en blanco. Pero antes voy a publicar el viejo, que se llama Natasha ernesto y yo, y que lo editan nulú bonsai y Milena Caserola.

La presentación es este jueves 21 de mayo, en el Pacha, a las nueve de la noche, y va a haber galletitas y jugo para los que lleguen temprano. ¡Vengan y lean!

Ansiosamente,
Mateo

miércoles, mayo 13, 2009

Art attack




Estoy yendo a clases de dibujo, y disfrutándolo mucho. Cuando llego a mi casa, meto todo en el scaner y lo potochopeo hasta dejarlo irreconocible. Acá los resultados, dos.

viernes, mayo 01, 2009

Fin de semana

Dolores y Moni desayunan tostadas y café. Las dos tienen el mismo peinado, tirante y con un rodete en la nuca. Dolores está vestida con su uniforme de colegio y da pequeños y prolijos bocados a su tostada, cuidándose mucho de no mancharse la ropa con mendicrim. Su madre la mira con reprobación anticipada, pero Dolores maneja el pan como si fuera plutonio, y nunca le da el pie a Moni para una recriminación.

-Mirá Dolores, yo soy una persona tolerante, pero tengo mis límites. Ya es la segunda miga que cae sobre el mantel. ¿Por qué no usas el platito? Y no respires tan cerca del azucar, ¿Querés? Al final una se mata por educarlos y les terminan saliendo infradotados incapaces de seguir las más básicas normas de convivencia.

Dolores busca las migas por toda la circunferencia del plato pero no encuentra ninguna. Por no contrariar a su madre, usa la palma de su mano derecha para empujar unas migas imaginarias hasta el borde de la mesa, dónde la oportuna mano izquierda las recibe y las tira en el plato.

-No te hagas la viva. No estaban ahí. Ahora ya no están más ¿no ves que estás respirando como un búfalo por toda la mesa? Después igual limpio yo ¿No? Mirá si serás infeliz. Yo a tu edad ayudaba a mi mamá en la casa en vez de andar mandando mensajes de texto y quedándome dormida a media tarde, con todos los libros tirados. Vos y todas las criaturitas de tu edad. Una generación entera con un nivel de memez sin precedentes. Parece que se hacen los estúpidos.

Dolores se mete el último bocado tostada en la boca y lo ablanda con el café. Se paran en silencio. Moni agarra su cartera, Dolores se cuelga la mochila y salen a la calle. Dolores traga la tostada tibia en la vereda helada, y sonríe sin que se note.

-¿Te lo abrochaste bien? Lo único que falta es que me rompas el parabrisas con la cabeza.

Moni saca el freno y pone la llave, pero no la hace girar. Primero se da vuelta y mira a Dolores, sentada rígida en el asiento de atrás, contra la ventana.

-Sos fea ¿Eh? No hay remedio.

Hacen un par de cuadras en silencio. Moni inclinándose a cada rato para mirar a su hija por el espejo retrovisor.

-Dejá de respirar así, Dolores. ¿No tenés dignidad? Es totalmente desagradable. Tratá de dejar un poco de aire para los demás. Si tenés la nariz tapada, sonate, pero no andés respirando por la boca como una prostituta.

Moni frena de golpe para evitar un choque contra un auto en la esquina del colegio de Dolores. Dolores mira al otro auto y ve que el conductor es su profesor de literatura. Sonríe, y esta vez no puede evitar que la sonrisa le llegue a la cara y le estire los labios. El profesor pide disculpas a pesar de que él tenía derecho de paso. Moni, enojada y asustada, toca la bocina con todo el cuerpo.

-Pero que gente estúpida… Quién los manda a subirse a un auto cuando son tan…
-Fue culpa tuya- Interrumpe Dolores.

Moní le clava una mirada fulminante en el espejo retrovisor. Dolores, temblando de furia, sostiene sus ojos en los de su madre.

-Venía por la derecha.

Moní frena frente al colegio y, sin que medie otra palabra, Dolores se baja del auto. Antes de cruzar la puerta, se da vuelta para mirar como se aleja su madre. Después se suelta el rodete, pero el pelo no cae sobre sus hombros como debiera, porque conserva la memoria del peinado carcelario. Hace falta que Dolores suba las escaleras apurada, salteándose escalones, para que el lacio natural vuelva a acomodarse.

Es la primera en entrar a la clase, justo antes de que suene el timbre, y todos los bancos están vacíos. Elige el de más a la derecha de la primera fila y se sienta a esperar. Los demás chicos van llegando y sentándose en sus lugares. Los chicos que hablan en el fondo no ven entrar al profesor, que tiene que pedirles silencio para empezar la clase. Tiene puesta una corbata. Dolores no lo había notado cuando lo vio en el auto. Es una corbata muy linda.

-Espero que hayan tenido un buen fin de semana, porque hoy me lo van a contar. Lo van a escribir. ¿Por qué se quejan? ¿Quieren que sigamos con Macbeth? Me pareció. Pero no quiero que me lo cuenten de cualquier manera, quiero que se traten a sí mismos cómo si fuesen personajes inventados. Por ejemplo, vos, Alejandro, contame algo que hayas hecho en el fin de semana.

-¿Ahora? ¿O lo escribo?

-Ahora, cualquier cosa. Así nomás.

-Esteeeee… fui a lo de Lucho y desarmamos una cortadora de pasto.

-Perfecto. Ahora quiero que te saques de la situación, y la cuentes como si la vieras desde afuera, como si pudieras estar en todas partes a la vez, eligiendo qué contar, descartando lo que no es importante.

-Esteeeee…. Lucho está solo en un… floreado jardín.

Alejandro mira en torno y levanta los brazos, pidiendo aplausos para su adjetivo. Los del fondo aplauden.

-¿Y qué hace Lucho? ¿Cómo lo hace?

-Está desarmando la cortadora de pasto… como absorto.

Aplausos generales. Lucho le choca las cinco.

-¿Y después?

-Lucho se pega una duchita, enjabonándose las partes con esmero. Y se va a dormir plácidamente.

-¿Ya se fue a dormir? ¿Y vos dónde estás?

-Lo estoy mirando de afuera como me dijo, profe.

-Chicas, si se siguen riendo de los chistes del alumno Caruzzo los va a seguir haciendo. Háganme el favor. A pesar de que su compañero se obstina en sabotear mis clases, no está del todo mal el ejemplo. Fíjense todas las cosas que dice, sin decirlas realmente. Cuando dice que el jardín es floreado nos imaginamos que es primavera. Lucho está desarmando una cortadora de pasto y yo salto a la conclusión de que está rota, y que por ende el pasto estará largo. La imagen completa es un poco selvática, con bichos zumbando y montoncitos de tierra de los que hacen los gusanos para salir a respirar cuando llueve.

-Nada que ver.

-Ah, Caruzzo, eso es culpa suya. Si me hubiera dado más detalles, tal vez mi imagen mental sería más atinada. El problema de escribir, chicos, una vez que ya se sabe sobre qué se va a escribir, es decidir que información dar, qué información dejar tácita o insinuada, y que información es completamente innecesaria. Si fallamos en esto, podemos terminar diciendo algo que no queremos. Por ejemplo, cuando Caruzzo elige contarnos que Lucho se enjabona bien las bolas, podríamos tomarlo como un simple comentario sobre la buena higiene personal del alumno Torres. Pero nosotros como escritores tenemos que preguntarnos ¿Por qué elige contarme esto y no otra cosa? Y la respuesta es obvia: Caruzzo es un homosexual reprimido que mira a sus amigos desde afuera mientras se bañan.

Dolores es la única que no se ríe. Pero por dentro sí se ríe. Mucho.

-Bueno chicos. Saquen dos hojas. Tienen hasta las y media y me los voy a llevar para corregirlos, así que escriban claro por favor. Escriban cualquier cosa que les haya pasado desde que salieron del colegio el viernes hasta que entraron hoy a la mañana. No importa si no les pasó nada interesante. Cuéntenmelo como si fuera interesante. A trabajar.

Dolores se agacha y saca una carpeta de la mochila. Muerde la birome mientras mira la hoja en blanco. Los fines de semana los pasa siempre en su casa. Rara vez la dejan ir a lo de amigas. Se encierra en su cuarto y escucha música o lee. Ayer terminó un libro que le prestó su profesor de literatura. Lo mira, sentado detrás del escritorio. Le mira la corbata y piensa “nunca usa corbata. Hoy debe ser un día especial”. Y se larga a escribir.

Casi sin dejar que las palabras pasen por el filtro de la conciencia, describe el desayuno con su madre, el viaje al colegio, el casi choque con el profesor. Cuando llega al momento en que se baja del auto sin decirle adiós a su madre, se detiene y mira la hora. Faltan quince minutos para las y media. Sigue escribiendo, aunque el fin de semana quede atrás cuando cruza la puerta, cuando se suelta el pelo, en las escaleras, en el aula. Sigue escribiendo y cuenta el principio de la clase, los chistes de Caruzzo, las respuestas del profesor. Levanta la mirada de la hoja para verlo de nuevo, a través de un mechón de pelo suelto que le cae sobre la cara. Escribo estas últimas palabras sin dejar de mirarlo.

domingo, marzo 15, 2009

Pueblo chico infierno grande

En mi pueblo vivía un gigante que nos obligaba a servirlo. Su reinado era realmente cruel y el que se le oponía moría aplastado inmediatamente. Era un gigante feliz, que disfrutaba de la vida y del poder, y que sacaba verdadera satisfacción de atormentarnos de las formas más atroces. Estas son algunas de las cosas que nos hacía:


Obligaba a los hombres más fuertes a agarrarse unos de otros por los tobillos, formando un círculo enorme que usaba colgado del cuello como un collar de personas. El juego duraba hasta que uno de los hombres se cansaba y se soltaba. Cuando eso ocurría todos caían y debían colgarse de la ropa y de la barba del gigante para sobrevivir.


Cuando caminábamos por la calle lo hacíamos con terror, porque el gigante acostumbraba arrancarse algún vello púbico y aplicarnos con él unos latigazos tremendos, que rompían la piel y a veces los huesos.


Cuando nos íbamos a dormir, cantaba mal y a los gritos, con una voz que rebotaba contra las montañas y volvía varias veces, rompiendo las ventanas y volviéndonos locos a nosotros y a nuestros perros.


Le arrancaba árboles al planeta como si fueran zanahorias y los tiraba contra nuestras casas, que se derrumbaban o quedaban magulladas.


Se había adueñado de todos los autos del pueblo y los hacía chocar en el campo, haciendo un húmedo “brummmm” con los labios que resultaba en chaparrones aislados sobre todo el pueblo.


Embolsaba las nubes en sus manos y las bajaba hasta la tierra, creando una niebla densa que se metía en todas partes, empapando la ropa y la comida y llenándonos los pulmones de agua.


Y cuando se cansaba de los grandes destrozos, los incendios y las inundaciones, nos torturaba de maneras más particulares. A veces se agachaba y se metía dentro del lagrimal de nuestros ojos y después se paraba de golpe, dejándonos el ojo sangriento y ciego.

martes, enero 27, 2009

El andén

La escena ocurre en una estación de tren abandonada en el interior del país. Las vías se extienden apenas unos metros más allá del andén y después no hay nada. El resto ha sido saqueado hace años y vendido como chatarra. Si este pequeño tramo permanece intacto, es únicamente para que esta historia pueda volver a ocurrir.

Unos pasos se acercan desde el desierto. A esos pasos les van creciendo lentamente botas de cuero, que se fabrican con el polvo que absorben en su caminar, como si la cercanía del andén le diera a la nada la forma de un hombre que carga en brazos una mujer muerta. Viene caminando por donde solía estar la vía, y en un momento tiene que moverse a un lado para dejar pasar un tren que sólo se escucha.

En el andén lo espera un hombre, cruzado de brazos para que no lo vean temblar. No teme morir, sino matar, sus hijos están entre la pequeña multitud que espera el duelo. Nota con horror que aún tiene el estetoscopio colgado del cuello. Se lo saca y lo esconde en el bolsillo; el que se acerca lo tomaría como un insulto. Alguien le tira un cuchillo a los pies, pero el cuchillo queda en el piso.

En el andén vacío, el viento empuja una lata sobre la plataforma y la deja balanceandose en el borde. A pocos metros, el hombre apoya a la mujer en un banco que ya no está y avanza hacia la otra punta, dejando a la mujer en el aire.

“Vos no la curaste”, sale el odio entre los dientes.
“¿Qué quería que hiciera? Yo no tengo los instrumentos”
“Levantá ese cuchillo”

Mientras el médico duda en silencio, una pareja joven entra al andén por el arco del centro. Ella tiene puesto el buzo de él, y van de la mano, hablando casi en susurros. Pasan entre los dos hombres enfrentados, él le dice algo al oído y ella ríe volcando la cabeza hacia atrás. Como respondiendo a la carcajada, un chico de doce años sale de entre los observadores, se agacha para levantar el cuchillo y ataca. El doctor no llega a detenerlo y el puñal del otro le entra al chico en el cuello.

La pareja llega a la punta del andén y ella patea la lata, que rebota un par de veces y se detiene cerca de donde se terminan las vías. El médico llora con la cara apoyada en la cabeza de su hijo, mientras intenta detener la sangre. “Estamos a mano”, dice el otro mientras camina de nuevo hacia el banco. Después la mujer se eleva y se va, flotando a paso de hombre, hacia el desierto.

lunes, enero 26, 2009

Este título está mal

Ahora que empiezo a escribir, me arrepiento un poco de haber puesto de título “Este título está mal”. Por un lado me divierte la autoconciencia del asunto, pero por otro me parece que se queda en eso, se estanca en un juego pueril. Tal vez debiera decir “El título equivocado”, titulo a todas luces más universal, y también más ambiguamente autocrítico, cosa que me hace bien a nivel personal.


No obstante, una relectura de lo escrito hasta ahora parece indicar que el rótulo es el correcto. Si bien “El título equivocado” en una primera instancia parece mejor, el primer párrafo no es más que una crítica tibia y desarticulada del mismo, lo cual sugiere que el título en última instancia está bien, siendo que describe fielmente lo que sigue inmediatamente.


¡Maldición! ¡Maldita costumbre de releer lo escrito! El segundo párrafo, al reafirmar el título, lo niega, porque el título ya se negaba a si mismo, y negar lo que ya se niega a sí mismo es, de alguna manera, validarlo. Estúpida doble negación.... ¡Ese debiera ser el título!: “Estúpida doble negación”.

lunes, enero 05, 2009

El hombre que pensaba dos cosas a la vez

Conocí a un hombre que podía pensar dos cosas al mismo tiempo. Se compró un cassette con clases de alemán y uno con clases de chino, y se sentaba con un walkman en cada mano y un audífono de distinto color en cada oreja. Y cada día hablaba mejor.

Una vez pensó una cosa justo en el momento en que estaba pensando eso mismo, y por la columna le subió un cosquilleo eléctrico muy agradable. Otra vez pensó al mismo tiempo dos cosas opuestas y por unos segundos se quedó estupefacto, pensando en nada, que en su caso eran dos nadas o una nada partida a la mitad.

Era un jugador de ajedrez aceptable cuanto mucho, pero se jactaba de ser el único que podía jugar partidas simultáneas. Decía que los demás jugaban partidas individuales alternadamente.

Sin ser muy amigos, disfrutábamos mucho hablando de los más diversos temas. Recuerdo un día en particular en que lo visité y tuvimos un diálogo particularmente interesante. Como era su costumbre, leyó un libro durante toda la conversación. Creo que “La importancia de ser Franco”, de Oscar Wilde. Como dije, esta actitud no era extraña en él, pero aquel día ocurrió algo que me permitió acceder, siquiera un poco, al mecanismo de su mente.

Recuerdo que hablábamos sobre el hipocausto, el ingenioso sistema de calefacción que utilizaban los romanos. Cada vez más entusiasmado con la conversación, empezó a hablar a toda velocidad y a un volumen cada vez más alto. Pero en un momento se detuvo en la mitad de una palabra, levantó la mirada del libro y dijo en una voz clara y cargada por una risa contenida, disculpen que interrumpa, quiero leerle un pasaje, creo que es lo más gracioso que he leído en mi vida. Sorprendido, miré en torno y confirmé que no había nadie más que nosotros.

Después leyó el pasaje en voz alta, pero no pude escucharlo. Sólo podía pensar en una cosa. Se había interrumpido a sí mismo para comentarme algo del libro y nos pedía disculpas a los dos, como si él también fuera otra persona. Como si tuviera dos mentes individuales, independientes una de la otra. Quizás una hablaba alemán y la otra chino. Quizás tenían distintas personalidades y distintos gustos. Pero no, no podía ser así, había dicho que quería leerme un pasaje, lo cual dejaba entender que no tenía necesidad de leérselo a sí mismo. Era como si dos personas idénticas convivieran en un cerebro, compartiendo la información que juntaban por separado.

miércoles, diciembre 17, 2008

Qué confusión más divertida

Estoy parado hace rato mirando una puerta angosta que apareció en la pared de mi cuarto. Ayer no estaba. Cuando salí hoy de casa no estaba.

¿Alguien entró, rompió la pared y puso una puerta? Pero no hay polvo en el piso. La puerta parece haber estado ahí siempre.

¿Qué habrá del otro lado? Serán mis vecinos, la familia Bonisano, comiendo un pollo frente a la tele. Tal vez querían vivir en la misma casa conmigo y como no se animaban a pedirme mandaron a poner una puerta.

Debo abrirla pero no me atrevo.

¡Debe ser un portal! Un fenómeno sobrenatural. Es la puerta a un lugar asombroso ¿O terrible?

Tal vez hay una casa idéntica del otro lado de la puerta con otro yo, y tal vez el otro yo también está parado ante la puerta y no se anima a abrirla.

O la puso el gobierno.

Esta puerta no estaba acá esta mañana.

Voy a abrirla. Soy valiente. Fuerza. Ahí va.

¿Toallas? ¿Remedios? Esto no es una puerta, es un armario. Y ahora que lo pienso, yo no tengo un inodoro en el cuarto.

viernes, diciembre 05, 2008

Alfombra roja

Este blog ha sido premiado con un "SID 2.0 Blog Award" en la categoría "A este blog hay que publicarlo". El merito es doble, porque el comité de selección admite no haberlo leido nunca. Bien Mat.


Mas información sobre los SID Blog Awards

lunes, diciembre 01, 2008

En el pasillo

El otro día, a un vecino de mi edificio la mujer le puso la ropa en el pasillo y le cerró la puerta con llave. El tipo estuvo gritándole borrachadas inentendibles como por una hora, golpeando la puerta o acostado en el piso. Muy desagradable. Todos los vecinos en el pasillo mirando, por algún extraño motivo había varios bebés presentes, llorando. Vino la policía y se lo llevó. Pero parece que hoy la mujer lo dejó volver, porque todos los vecinos recibimos esta carta firmada por el borracho:

Queridos vecinos:

El día del incidente tocaron mi timbre cinco hombres de traje y cuando bajé me preguntaron si estaba sólo. Les dije que sí, que estábamos Sultán y yo. Dos de los hombres empezaron a hablar al mismo tiempo pero enseguida se detuvieron para dejar hablar al otro. Decí, decí, le dijo uno al otro, y el otro me preguntó si Sultán era algún tipo de animal doméstico. Un perro, dije yo, y se hizo un silencio largo en el que los dos que habían hablado asintieron varias veces. Después todos miramos al que se había quedado sin formular su pregunta, esperando a que lo hiciera, pero él se encogió apenas de hombros y dijo, iba a preguntar lo mismo. Otro largo silencio siguió y tuve que invitarlos a pasar, para no seguir haciendo papelones en la vereda, a las tres de la tarde y nada menos que en una fecha patria.

Apenas cruzar la puerta de entrada, los cinco se sacaron el saco y empezaron a mirar alrededor. Suponiendo que buscaban alguna percha o ropero donde colgar sus sacos, apreté un botón invisible en la pared y se materializaron dos grandes módulos, uno rojo y el otro también, que giraban a la velocidad del tiempo.

“Lo sospechábamos” dijo uno de los cinco (creo que el tercero), “¡tecnología xigor!”. Viendo que por mera torpeza había develado mi secreto, recurrí a la violencia. Los cinco hombres y yo nos enfrentamos en la precisa danza mortal del Karate. Nos hicimos tomas de Karate e intercambiamos golpes mortales hasta pasada la medianoche.

Se fueron derrotados, pero a los pocos segundos regresaron. Ahora tenían una actitud amistosa y estaban vestidos elegante sport. Querían que los acompañara a Flores a buscar unas cajas. Accedí gustoso, porque a mi las cajas me parecen bien. Pero claro, era todo una estrategia para hacerse con mi tecnología extraterrestre, y no bien llegamos a la esquina se echaron a correr a toda velocidad hacia mi casa.

Como yo siempre dejo las puertas del edificio entreabiertas por si tengo que volver, pudieron entrar a mi domicilio con sobrada facilidad, y lo que es peor, cerraron la puerta del departamento, impidiendo que entrara tras de ellos y les hiciera tomas de Karate en la cara y en el cuerpo.

Y sí, lo admito, me enojé. Dije cosas de las que me arrepiento. Les ruego acepten mis disculpas.

Luis


Ahí termina la carta. Luis no explica porqué estaba toda su ropa en el pasillo.

viernes, noviembre 28, 2008

En la cabeza

Me quedé dormido con un pié adentro de un arroyo y el agua al golpear mis dedos forma una pequeña ola que atrae a los peces. Sobre el pecho tengo un libro viejo que mi mano dormida apenas protege. Una página suelta se levanta con una suave ráfaga de viento y se apoya en mi cara, balanceándose delicadamente sobre mi nariz. Cómo si estuviera despierto pienso, esa página ya la leí, que se moje. Respondiendo al desafío, un soplo de viento la levanta y, haciéndola girar como una hélice, la deposita con suavidad en la mitad del arroyo. Por unos momentos resiste la corriente como enganchada en un junco y después se va, esquivando las rocas, hacia la cascada.

Bajo la sombra del árbol, empiezo a soñar. Sueño que el arroyo es un río y que la corriente me arrastra como a una hoja en el agua. Yo sé que estoy soñando, y me dejo llevar sin miedo, pero pronto noto que estoy yendo directo hacia una cascada e intento despertar. Cierro los ojos y trato de pensar en el arroyo, en el árbol, trato de acordarme del libro que leía antes de dormirme. “Los peces, atraídos por las olas que hacía el agua en el salto, se caían por la cascada y morían contra las rocas.” Siento terror al pensar que tal vez esa frase estaba en la página que se voló, temo no poder despertar nunca.

Mi pie choca contra una piedra bajo el agua y el dolor me hace abrir los ojos. El cielo se nubló mientras dormía y ahora el arroyo parece otro, más gris y frío. El pie todavía me duele y lo saco del agua para mirarlo. Está sangrando un poco. Algún pez, atraído por las olas, me debe haber mordido, digo en voz alta mientras me levanto. El libro de desliza por mi pecho y cae al agua. Intento rescatarlo pero la corriente lo arrastra fuera de mi alcance y tengo que correr por la orilla, buscando una rama con la que alcanzarlo. Pero está anocheciendo y me es muy difícil distinguir las formas, tengo la sensación de correr a toda velocidad sin moverme de lugar, pisando algo filoso. El libro ya casi no importa, lo olvidé o desapareció, y sólo me queda una vaga sensación de haber perdido algo importante.

-Está hablando- Dice una voz adentro de mi cabeza
-¿Qué dijo?- Pregunta con tono urgente otra voz un poco más lejana.
-“Perdí algo importante”
-Andá a buscar al doctor-
Cuando abro los ojos la luz me molesta. Ana se da cuenta y enseguida apaga la lámpara y me acaricia la frente.
-Ana.
-Tuviste un accidente, pero estás bien. Te quebraste un pie nada más.- Ana me ayuda a levantar la cabeza para que vea mi pierna enyesada. El yeso tiene su firma y un dibujo de un pez.
-¿Y el kayak?- pregunto con la sensación de seguir soñando
-Se rompió contra las rocas.- Siento alivio, está muerto, pienso.
Cierro los ojos y recuerdo imágenes sueltas de la caída, el remo cayendo a la misma velocidad que yo, mis manos queriendo atajar el aire, el agua helada golpeándome la cara con violencia.

Me despierto empapado. Veo el kayak en el rincón con los esquís apoyados encima. Enseguida reconozco el sótano oscuro y siento terror. Hay olor a vómito, a mierda, a sangre. Me desmayé, pienso ¿Cuánto tiempo? ¿Dónde está Ana? Se la llevó a otro lado, ¡El hijo de puta se la llevó a otro lado! Quiero gritar pero sólo sale un burbujeo pastoso. Jerónimo me sonríe y me tira el balde vacío en la cabeza. En la otra mano tiene un serrucho oxidado lleno de sangre. Atado a la cabeza, como sombrero, tiene mi pie derecho.

viernes, noviembre 21, 2008

Juego

Cantidad de jugadores: 2 o 3

Reglas: Se tiran los dados para determinar quién empieza. El primer jugador dice una palabra cualquiera. El jugador de su derecha debe ahora decir una palabra que juzgue adecuada para continuar la oración. El siguiente jugador hace lo mismo y así sucesivamente hasta que la frase, párrafo o libro parezca terminado.

Advertencias:

1) Para que las frases tenga sentido hace falta que los jugadores no cedan a la tentación de usar palabras determinantes en cada turno. A veces hace falta poner un “con”, un “y” un “para”, un “un”…

2) La locura que te aporta este juego puede hacer que todo lo demás parezca vano y sin sentido.

3) En su turno los jugadores podrán colocar cualquier signo de puntuación, antes y/o después de la palabra.

***

Antes de largarse a jugar alegremente en los comentarios, los invito a leer los que hicimos Quielo y yo. El lector más sagaz podrá leer, entre palabra y palabra, cierta tensión homo erótica:


- Tampoco olvidaremos su hospitalidad cuando, agotados, nos dispongamos a vapulear choferes muertos.



- Hoy presencié un hecho que merece ser catalogado de “bastante recurrente”: una ballena violeta y amarilla en Choele Choel masticaba su droga sin vergüenza ni pudor.



- El único ministerio susceptible a la intransigencia es el de salud.



- Repensar ciertas recurrentes patologías del organismo dominante implica meter inodoros parcialmente en la única e increíble usina desmontable.



- Vomitar en otoño es una sintomatología de nostalgia.



-Claxon ruidoso irrumpió en el infinito comedor diario. Su ruidoso claxon interceptó ondas sonoras de dudosa procedencia. ¡Vaya uno a saber cuántos amperes emitía claxon sin siquiera esforzarse! Pronto olvidaremos aquella triste y gris y amarilla noche de abril.



- “Ciertamente estacionaste de costado”, dijo ella, inspeccionando su cutícula. Violentamente tomó un cactus de peluche y lo empezó a introducir en el estuche de ella, sin advertir la tremenda implicancia moral del acto. Al cuarto día, ella repitió su fechoría pero esta vez metió el cactus de peluche en un pequeño y brilloso sombrero. Él, sin decir nada, empezó a llorar. Esto que cuento nunca volverá a pasar.



- Con desinterés fingido, Emanuel comenzó a morirse. Nunca había nadado en un mar. Tampoco había comido pan ni tomado un vino. De haber llevado otra vida, habría muerto más viejo, pero Emanuel moría sin amigos, sin dinero, sin paraguas. Y moría una mariposita. La tristeza apabullante atravesó, devastadora, mil veces el cuerpo maltrecho de Emanuel.



- Cada domingo, sábado y tercer jueves de octubre los paraguayos de Flores visitan Chacarita. Esto no debe confundirse con el intercambio comunitario que suelen hacer, no sin cierta culpa, los mismos paraguayos cada miércoles, jueves y segundo lunes de octubre, con sus vecinos y camaradas de Boedo.

domingo, octubre 19, 2008

Lo que pasa entre las tres y media y las cuatro

Un dios ve un anuncio en televisión que lo invita a aprovechar una rebaja de hasta ochenta por ciento en enciclopedias de varios tomos. Cambia de canal mientras se apoya una mano suavemente en las costillas, pero enseguida la retira con una mueca de dolor en la cara. Este gesto lo repite cada media hora desde siempre. Raspa una mancha de sangre de su pantalón y hace una llamada telefónica. Son las tres y media de la tarde.

Se para sin convicción y camina hasta la cocina. Se detiene frente a la heladera y permanece inmóvil unos momentos, tratando de recordar su propósito. Después de un rato, y para no volver al sofá con las manos vacías, agarra una hogaza de pan.

Llega el doctor y entra con su propia llave. El dios se saca la remera y pone mute en el televisor. El doctor retira la gasa saturada de sangre, limpia la herida y le pone una gasa nueva, pegándola con metros y metros de cinta. Después se sienta en el sillón y se saca una foto a si mismo junto al dios, que hace un esfuerzo por sonreír.

La dolorosa curación afecta terriblemente los nervios del dios, y cuando el doctor se retira cae en un sueño pesado. Sueña que encuentra una espada en un pastizal. La espada es tan filosa que corta la piedra con la misma facilidad con la que corta el aire.

De pronto se da cuenta de que su herida ha desaparecido y sabe que está soñando. Siente que tiene cierto poder sobre lo que sucede. No puede decidir detalles, pero puede orientar la trama. Decide alejarse de la espada, caminando de espaldas, y sentarse a ver televisión.

En la televisión no hay nada bueno. Cambia de canal mientras se apoya una mano suavemente en las costillas, pero enseguida la aleja. Intenta distraerse del dolor limpiando con la uña una mancha de sangre en su pantalón. Llama por teléfono para averiguar la hora. Después se levanta a buscar los cigarrillos, pero a mitad camino se olvida de lo que estaba haciendo y vuelve al sofá con una hogaza de pan.

domingo, octubre 05, 2008

El Karate-Do

Cuando era Profesor de Karate muchas veces me toco sufrir la incómoda situación de tener que rechazar un soborno. Ocurría con cada nueva camada de estudiantes. Después de terminada la primera clase alguno de mis alumnos se demoraba un poco en ponerse los zapatos, esperando que los demás se fueran, para sacarme el tema cómo al pasar. Decían cosas como “¿Y cuántas tomas son en total… las de Karate?” o bien “La toma de Karate que vimos hoy es muy interesante, ¿Tiene variaciones?”. Y al final, algunos con vergüenza y otros con absoluta desfachatez, me proponían que les enseñara alguna otra toma de Karate a cambio de un dinero extra.

Yo les aseguraba que el ritmo de la clase estaba pensado para que el desarrollo fuera completo, pero no faltaban los que no entendían el mensaje e insistían, a veces aduciendo que ellos tenían una facilidad especial para las artes marciales. “Yo por lo que vi de esta primera clase, me salen las tomas de Karate con bastante facilidad, mucha más que a los otros. A los mellizos colorados les pego a los dos juntos”, decían mientras me arrugaban billetes contra la palma de la mano.

Incluso me hacían ofrecimientos de peor calaña. Recuerdo a una muchacha de dieciséis años que me acorraló contra una pared y me suspiró al oído “Déle, profe, una tomita de Karate. Venga a casa y me muestra cómo se rompen esos tablones tan duros.” Pero yo era incorruptible, cómo la ética del Karate-Do lo dicta, y nunca caí en la tentación de vender mi conocimiento a quien lo buscara por medios reprobables.

***

Gaspar (Mirando alrededor para ver si ya se fueron todos sus compañeros): Que cosa, ¿no? El Karate.

Sensei: Si.

Gaspar (Tirando una piña al aire): Sale derecha para fuera, ¿no?

Sensei: Como una flecha para adelante.

Gaspar (Riendo): Si, si… Es impresionante eso de la flecha, muy bien dicho… (Ofreciéndole la mano) Gaspar, me presento.

El Sensei le da la mano e inclina la cabeza.

Gaspar: Japonés, ¿no?

Sensei: ¿El Karate?

Gaspar (Riendo): No, no, el saludo… inclinando así la cabeza. (Saluda)

Sensei: Si.

Gaspar: Y el Karate también (silencio) Japonés, ¿no?

Sensei: Nace en Okinawa.

Gaspar: Eso es impresionante. Okinawa… una isla.

Silencio

Gaspar: Se usa mucho en Japón el Karate, ¿no?

Sensei: Si. Lo enseñan mucho en las escuelas.

Gaspar: ¿Ves? Eso es impresionante. ¿Acá qué enseñan? ¿Volley?

El Sensei sonríe

Sensei: Bueno, Gaspar, nos vemos la clase que…

Gaspar (Interrumpiéndolo. Nervioso. Con la mano en el bolsillo de la billetera): ¿Qué tomas de Karate otras hay, así de enseñarme? Pero enseñarme como clase… pagando.

Sensei: La próxima clase vamos a ver algunas nuevas. Si querés ir adelantando podés practicar lo que hicimos hoy.

Gaspar (tirando una piña al aire): Si… la flecha (Se rie). Es increíble la flecha.

Silencio. Después de unos momentos Gaspar saca la billetera, la abre, y le extiende un billete de cien pesos al profesor.

Gaspar: Esto no es por nada, se lo doy y no tiene que… Es por la clase de hoy nomás.

Sensei (Levantando una mano en señal de rechazo): Muchas gracias, Gaspar, pero el gimnasio me paga las clases.

Gaspar: Bueno, es que yo también quisiera aprender alguna otra cosa. Alguna otra… toma de Karate, Sensei.

Sensei (Suspirando profundamente): El hombre del Karate-Do sabe que está en un camino cuya meta es cada uno de los pasos. No hay que adelantarse. Gichin Funakoshi solía decir que si la meta de la vida fuera la muerte, la vida no valdría la pena. La meta de la vida es la vida misma… el camino.

Gaspar: Eso es impresionante. Esas cosas también… Aparte de las patadas… Hay cosas que te dejan pensando.

Sensei: El Karate requiere una vida de Honor y Desprendimiento.

Gaspar (Guardando los billetes): Yo leí que el Karate se aprende para no tener que usarlo nunca.

Sensei: Así es.

Silencio.

Sensei: Bueno, nos vemos la clase que viene.

Gaspar: Si… Voy a practicar lo de hoy. (Tira una piña al aire) Derecho.

El Sensei saluda a Gaspar inclinando la cabeza y Gaspar le responde el saludo de la misma forma. El Sensei sale por la puerta.

Gaspar (En voz baja): Te cago a piñas, cagón.