viernes, abril 16, 2010

El trigo

Entré a casa y me saqué los guantes. Primero el izquierdo, con la mano derecha, y después el derecho, con la izquierda. Distraído por una nota que me habían dejado en la mesita de entrada “Se acerca el fin del mundo, salí a comprar más trigo. Irene”, volví a sacarme el guante de la mano izquierda. Apoyé los tres guantes en la mesa, sobre la nota, y fui a la cocina. Revisé las alacenas y confirmé mi temor: tan llenas de trigo estaban, que no entraría el trigo que Irene estaba comprando. Así que agarré unos cuantos trigos y empecé la molienda y el envasado de las harinas. Empaquetado ocupaba mucho menos espacio, y cuando llegó Irene con el Dodge cargado de trigo, pudimos acomodarlo con bastante comodidad.

Después de un aperitivo liviano, acompañado de una conversación distendida y un poco vulgar, le pregunté a Irene llorando, desesperado al principio y con amarga resignación más adelante, sobre el inminente fin del que hablaba su nota. “Dos horas” fue su críptica réplica. Dejó pasar unos momentos y agregó “Kaput”.

Debemos dormir una siesta, sugerí, pero la palabra siesta era un código secreto, que se refería a otra cosa. Pero no develaré qué es esa “cosa” porque soy un caballero y no hablo de mi relación amorosa con Irene, y menos en mi blog.

Irene no respondió a mi avance sexual de "la siesta", tenía la mirada perdida en el bosque. “¿No te interesa saber para qué salí a comprar más trigo si ya sabía que se venía el fin del mundo?” me preguntó. Y yo, que no había sentido ningún interés hasta ese momento, me vi de pronto muy interesado por saber para qué había comprado más trigo. “Sí”, dije. “El trigo, Rubén, el trigo contará nuestra historia.”

Miré el trigo incrédulo. ¿Mero trigo? ¿Contando nuestra historia? Imposible. ¿O acaso había algo que se me escapaba? Miré por toda la habitación, buscando algo. Nada. “El tiempo apremia, Irene. No hables en acertijos.” Díjele a Irene, enojado. “El trigo siente, Rubén, el trigo ama.” Respondiome ella. “A ver”, contestele, a su vez, yo mismo. “Pedile que cuente nuestra historia.” A lo que ella se quedó quieta y el trigo no hizo nada.

Demás está decir que pasaron las dos horas y el fin del mundo no llegó. Irene, resultó, está totalmente desquiciada. Yo fui muy inocente al no preguntarle cómo sabía que se venía el fin del mundo. Ese mismo día la puse al cuidado de profesionales. Y aunque a veces me duele la soledad, ahora tengo todo el trigo para mí.

lunes, marzo 15, 2010

Una pausa larga

Iris y Abel están sentados ante una mesa en la cual un rompecabezas de quinientas piezas está bien encaminado. Trabajan por separado, cada uno en su sector. Abel deja lentamente de lado una pieza y levanta otra al azar. Aprovecha el cambio para dedicarle a Iris una mirada de resignado desprecio. Pero en seguida el interés le curva las cejas en un gesto inteligente que le estira la arrugada piel de los párpados. En las manos de Iris está la pieza que él busca. Los dos se quedan absolutamente quietos, mirando. Abel espera en silencio a que la apoye en la mesa. Pasa un año, Iris ni siquiera se da cuenta de que Abel la está mirando. Dame esa, Iris, dice Abel. Iris deja pasar unos siglos antes de contestar. ¿Porqué no agarrás de la mesa? Mirá todas las que hay. A lo que Abel enseguida responde, estoy buscando la que tenés en la mano. Viendo que se acerca un período glaciar, y sólo por provocar a su esposo, Iris decide esperar a que llegue y se vaya antes de contestar, siempre pensás que la que yo tengo es la que estás buscando, y nunca es. Abel, ya bastante disgustado al ver que el asunto se dilata, responde, esta vez es, no tengo duda. Iris mira a Abel por sobre sus anteojos y, sin bajar la mirada, calza la pieza en su propio sector. Después hace una pausa larga, de varios segundos tensos, y pregunta, ¿estás seguro, Abel?

miércoles, marzo 10, 2010

Rubén pide perdón

María va a la farmacia. La atiende Rubén.
Rubén: Hola, María.
María: Mirá, Rubén, no te pongas pesado.
Rubén: ¿Yo qué dije?
María: Nada, pero te aviso.
Rubén: De ranas como vos tengo la sartén llena, nena. Llena, nena.
María: Ay, sos muy nabo.
Rubén: ¿Viniste a comprar algo, o a perderte en el azul de mis ojos?
María: No te banco nene, ¿podés ser normal?
Rubén: Vos sos anormal.
María: Vine a comprar curitas.
Rubén: ¿Te cortaste?
María: No.
Rubén: ¿Tu vieja?
María: No.
Rubén: ¿Quién?
María: Nadie, ¿Qué te importa, nene?
Rubén: Tu viejo, con un fierro oxidado del Ford.
María: ¡Que estúpido! (toca madera y se santigua). Nadie se cortó.
Rubén: Entonces viniste a verme.
María: Vine a comprar curitas.
Rubén: No, viniste a buscar una curita para tu corazón enamorado. De mí.
María: ¿Me vas a dar las curitas?
Rubén: ¿Cuáles?
María: Cualquiera, la más barata.
Rubén: No, digo, ¿Cuáles, las que se pegan a la piel o las que arreglan corazones enamorados de mí?
María: Ay, sos muy estúpido. Las compro en el quiosco.
Rubén: ¿Porqué no fuiste al quiosco directamente? Tenías ganas de verme, admitilo.
María se da vuelta y…

…avanza hacia la puerta.
Rubén: Pará, Rabietas, llevate las curitas.
María frena y lo mira. La sonrisa de Rubén desaparece apenas ve los ojos de María cargados de lágrimas e inyectados de sangre. Se queda duro y en silencio, asustado.
María (llorando): ¿Por qué sos tan malo? ¿Qué te hice? Decime, nene, ¿Qué te hice? ¿Te pensás que para mí es fácil venir?
Rubén: Pará.
María: Y no vine para verte, tarado, vine para ver cómo estabas.
Rubén, parado delante de un estante con cientos de remedios, no puede hablar. María camina el largo de una góndola de accesorios y sale por la puerta. Después de unos segundos, Rubén salta por encima del mostrador, tirando un exhibidor de anteojos negros al piso, y sale detrás de María. La encuentra sentada en la esquina, llorando.
María: Dejame en paz.
Rubén: No sabía.
María: ¿Qué no sabías?
Rubén: Perdón.
María: Andate.
Rubén: Mari… Yo pensé que me odiabas.
María: Te odio.
Rubén: No, por favor.

viernes, febrero 26, 2010

Huestes cansinas pastan de mi cuerpo anquilosado

Estoy solo en casa, escribiendo esto. Suena el teléfono. Atiendo.

Mateo: ¿Hola?

Mateo: Hola, ¿estaba yo?

Mateo: …No…. creo que no. ¿Quién sos?

Mateo: Todavía no soy nadie.

Mateo: Entonces no, no estábas.

Mateo: ¿Me habrás dicho que me llame cuando llegue?

Mateo: ¿Qué?

Mateo: Que me llame cuando llegue

Mateo: ¿Con qué número querés hablar?

Mateo: 4790-0468

Mateo: ¿Y con quién querés hablar?

Mateo: Conmigo.

Mateo: Bueno, cuando llegues te digo que te llames.

Mateo: Gracias. Igual me voy a llamar al celular.

Mateo: De nada, suerte con eso, loco.

Cuelgo el teléfono y empiezo a corregir la conversación que acabo de tener mientras pienso cómo seguir el diálogo.

Suena mi celular. Miro la pantalla: número desconocido. Atiendo. Mientras hablo voy escribiendo lo que nos decimos.

Mateo: ¿Hola?

Mateo: ¿Mateo?

Mateo: Sí.

Mateo: Voy a ser yo.

Mateo: ¿El mismo loco de recién?

Mateo: No. ¿Qué loco?

Mateo: Me acabás de llamar al fijo, el 4790-0468.

Mateo: Ah, sí, ¿ese era yo? ¿Por qué no me dije que era yo?

Mateo: ¿Quién sos?

Mateo: Yo… seré.

Mateo: ¿Yo quién?

Mateo: ¿No sé quién soy?

Mateo: No sé

Mateo. No-se- te ipsum

Mateo: ¿Qué?

Mateo: Es latín.

Mateo: Ya veo. Hola Mateo.

Mateo: Hola.

Mateo: ¿Sos Mateo Ingouville?

Mateo: Sí.

Mateo: ¿Cómo estoy?

Mateo: Bien. Estaré.

Mateo: Me alegro

Silencio

Mateo: ¿Sos Quielo?

Mateo: No.

Mateo: ¿Tazelaar?

Mateo: Sí.

Mateo: Hola, Tazelaar.

Mateo: Será un chiste, seré yo, Mat.

Mateo: Hablame en presente.

Mateo: Es un chiste, soy yo, Mat.

Mateo: ¿Y qué quiero?

Mateo: Nada, llamaba para ver cómo andaba.

Mateo: ¿Me estás llamando desde el futuro?

Mateo: Aja.

Mateo: Te va a salir carísimo.

Mateo: Sí, la tengo que hacer corta. ¿En que andaba?

Mateo: Escribiendo esta conversación.

Mateo: Malísimo. Otra vez la serpiente que se come la cola.

Mateo: ¿Simón?

Mateo: No, Mateo, soy Mateo.

Mateo: ¿Dé qué año me estás llamando?

Mateo: 2010. Junio.

Mateo: ¿Dentro de cuatro meses?

Mateo: Sí.

Mateo: ¿Y es lindo?

Mateo: Precioso.

Mateo: ¿Hay autos voladores?

Mateo: Hay helicópteros, que es más o menos lo mismo.

Mateo: ¿Hay dinosaurios?

Mateo: Mateo, ¿sigo escribiendo todo lo que digo?

Mateo: Sí.

Mateo: Basta, Mat, en serio. Está empezando a aburrir el chistecito de la serpiente que se chupa su propia pija. Me lo digo porque sé de lo que hablo, en estos cuatro meses viví más cosas, experiencias, escribí más cuentos… tengo que bajarle un cambio a la mamuska.

Mateo: ¿Contar algo decís?

Mateo: Eso mismo digo. Una historia.

Mateo: ¿Por ejemplo?

Mateo: ¿Te digo una que acabo de escribir? Cinco minutos antes de llamarte. Escuchá esta joya: Huestes cansinas pastan de mi cuerpo anquilosado.

Mateo: ¿Qué es anquilosado?

Mateo: Maltrecho.

Mateo: ¿De dónde sacaste la palabra?

Mateo: Es una de las muchas cosas que aprendí en estos cuatro meses.

Mateo: ¿Cómo sigue?

Mateo: ¿Qué cosa?

Mateo: Lo que estabas leyendo de las huestes anquilosadas.

Mateo: Era eso solo.

Mateo: ¿Esa frase?

Mateo: Tengo que darle un minuto para terminar de entenderla, ya voy a ver, ya voy a ver.

Pasa un minuto

Mateo: Sí, ya lo veo. Es impresionante.

Mateo: ¿No es cierto?

Mateo: Sí, la verdad que sí. Cuenta una historia.

Mateo: ¿Ahora veo? Ese tipo de cosas tengo que escribir.

Mateo: Sí. Es brillante.

Mateo: Me la regalo, puedo decir que es mía.

Mateo: Ya la usé en un cuento.

Mateo: ¿Cual?

Mateo: Este.

Mateo: ¿Sigo escribiendo todo lo que digo?

Mateo: Sí.

Mateo: Pero, carajo. Voy a cortar para dejar de alimentar esta pesadilla. Adiós, Mateo.

Mateo: Chau, fenómeno. ¿Puedo usar la frase esa para el título?

Mateo: No.

Mateo: La voy a usar igual.

jueves, febrero 18, 2010

Mi cadaver

Hay un cadáver hecho de mi carne acurrucado en mi sillón favorito, recitando mis memorias con el libro cerrado, de memoria, sin saltearse ni una coma, ni una noche de insomnio, ni una humillación. Con la paciencia de un paciente que se ahoga en el tanque de nafta de una ambulancia estacionada, me mira de reojo, esperando a que me aleje para comerse los pedazos de pan que voy arrancando de mi brújula y tirando encima de cada uno de mis pasos pasados, para poder volver a casa. Nos turnamos para respirar la única bocanada de humo puro que queda en el mundo, yo por necesidad, mi cadáver por empatía. Cuando llega, en la lectura de mis memorias, al presente, empieza a improvisar estas palabras, que yo escribo para que mi cadáver pueda seguir leyendo un rato más.

viernes, enero 29, 2010

Si te percatás de que tenés dos manos derechas, te podés dar cuenta que estás soñando.

Voy a la cocina y agarro una naranja.
Apoyo una naranja en la mesa y la mesa se tiñe de naranja.
Apoyo una hoja de papel en la mesa y el papel se tiñe de naranja.
Con la mano derecha, apoyo la punta del lápiz en la hoja, y mi pelo se pone naranja.
Empiezo a dibujar una pera.
Con cada trazo que hago la naranja verdadera se va convirtiendo más y más en una pera.
Sigo dibujando hasta que se encuentra en un punto medio entre las dos frutas.
La exprimo y me hago un jugo de pera y naranja.
Pinto la mesa de blanco usando la misma mano que antes.
Voy a la cocina y agarro una naranja.
Agarro otra hoja.
Para evitar que la nueva naranja vuelva a teñir todo de naranja, antes de apoyarla en la mesa le pinto también de blanco.
Espero a que seque y empiezo a copiar la naranja blanca en la hoja.
Cuando siento un pique, levanto el lápiz de golpe.
La línea que hacía se escapa de la hoja y sigue la punta de mi lápiz en el aire.
Dibujo, en 3d, un corderito adentro de una caja.
El corderito se come la caja, la naranja y un libro, que aún no leí, sobre el cultivo de pasto Lolium perenne, también conocido como césped ballico o inglés.
Para evitar más destrozos dibujo un látigo y un banquito.
El cordero piensa que tengo un león y se escapa por la escalera de incendio que le voy dibujando yo.
Pero para dibujar la escalera uso la otra mano, la derecha.

jueves, enero 28, 2010

Velita


“These violent delights have violent ends”
W. Shakespeare, Romeo and Juliet

Hurgando más profundo que nunca, saqué de mi oreja una pelota de cera que pensaba, sentía y era capaz de amar. Vivimos un breve idilio, encerrados en un departamento de Chacarita, con la persiana cerrada las veinticuatro horas de la noche. Me embriagaban el amargo sabor de sus besos, su textura oleaginosa, las suaves chanchadas que me suspiraba en el conducto auditivo externo. Vivíamos del aire, muriéndonos de hambre para no salir de la cama, ajenos a todo lo que no fuera el otro.

Pero un día, que recordar es revivir en cada uno de sus desgarradores detalles, todo cambió para siempre. Yo llevaba a mi adorada bola de cerumen amorosamente apoyada en la punta de mi dedo índice. Por descuido usé ese dedo para hurgarme la nariz. Cuando saqué el dedo de la fosa, al principio no entendí lo que estaba viendo, tan doloroso era, que me quedé mirando con una sonrisa extrañada. Después me alcanzó el horror. Su piel resinosa crispada de excitación, el moco chorreante de un lado y duro en la punta, la absoluta y urgente entrega con que mí amada “Velita” mezclaba su viscosidad con la del moco… era un asco. Así, abotonados como estaban, los envolví en un cuadradito de papel higiénico y los tiré por el inodoro. Mis lágrimas se mezclaron con el remolino de agua que se perdía en las cañerías.

sábado, octubre 10, 2009

*

viernes, octubre 09, 2009

Agua tibia

miércoles, octubre 07, 2009

Vinieron del espacio exterior

Post nostálgico

Ayer, en retroads.com, encontré una joya de la publicidad, un clásico olvidado, de cuando mis bisabuelos eran chicos. Para los que no quieren seguir el link, les cuento: Es un aviso que muestra a una familia dando vuelta la casa buscando las llaves del auto. Al final la madre dice “Ya no llegamos al cine”, y cortan a un actor (Alex Ventura antes de hacerse famoso) vestido de científico, explicando el funcionamiento del Find-it®. Sosteniendo el aparato en la mano, nos cuenta que mediante una lluvia de fotones retroactivos, el find-it guarda en su memoria la disposición aproximada de las moléculas de cualquier objeto, y luego es capaz de encontrarlo aunque éste cambie de lugar, y muestran un gráfico totalmente surrealista, con fotones que tienen bracitos y piernas. Después, parece mentira, Alex agarra un control remoto, lo sondea, lo esconde, y le pasa el find-it a otra científica, que ¡encuentra el control remoto en apenas unos segundos! Así que ya ven, el primero en comercializar el fotoidentificador lo vendió como poco más que un llavero con GPS.

viernes, setiembre 11, 2009

Autoayuda

Dos locos idénticos en un cuarto acolchonado. Los dos tienen chalecos de fuerza. Uno de ellos (Paciente) está acostado en el suelo, el otro (Doctor) está sentado cruzado de piernas sobre muchos almohadones. El Doctor tiene los anteojos de Freud, un lápiz en la boca y una libreta sobre las piernas, y toma notas inclinándose hacia adelante.

Paciente: Me suceden las cosas más extrañas, doctor. Esta mañana prendí la radio y empecé a escuchar voces en mi cabeza que sólo se callaron cuando desenchufé el aparato. Me puse muy nervioso, y tuve la necesidad de fumar, pero mi encendedor se prendió fuego frente a mis ojos y lo tiré instintivamente por la ventana. Mas tarde, a media mañana, empezó a molestarme una incomodidad en la panza junto con un deseo persistente de comer algo, que aumentaban con cada minuto que pasaba y que me impedían concentrarme en mi trabajo. Lo más extraño es que para después del almuerzo ya no sentía ninguna de las dos cosas, habían desaparecido por completo.

El Doctor escupe el lápiz para hablar

Doctor: Interesante. Extraordinario realmente. Usted no padece de absolutamente nada. Es el hombre más sano que he visto en mi vida. Estas vicisitudes que usted vivió hoy, son claramente nada más que una serie de hechos improbables, pero que no por eso dejan de suceder. Lo de las voces en la cabeza, por ejemplo. ¿Sabe usted que en este momento su cuerpo entero está siendo atravesado por ondas? Las ondas de la radio, por ejemplo, nos atraviesan. Es muy probable que lo que usted escuchó fuera un programa de radio.

Paciente (levantando la cabeza): Era, era el programa que yo siempre escucho a esa hora.

Doctor: ¿No le digo? Lo del encendedor es menos común, pero hay registrados casos semejantes. Al oxidarse ciertos microorganismos, generan calor, a veces ese calor es tanto que alcanza el punto de la ignición. A este fenómeno se lo conoce como combustión espontánea.

Paciente: ¿Microorganismos en mi encendedor?

Doctor: No se preocupe, son muy chiquitos. Ahora hablemos de ese extraño malestar en el estómago combinado con el deseo de comer. Estas dos sensaciones las tuvo al mismo tiempo, y es natural que las haya creído relacionadas, pero tienen, en realidad, causas diferentes. Poco tiempo antes de un terremoto ciertas personas manifiestan sentir nauseas, dolores de cabeza o “incomodidades en el estómago”. Se trata de una súbita diferencia de presión que la mayoría de la gente no percibe, pero algunos, como es su caso, sí.

Paciente: Pero hoy no hubo un terremoto.

Doctor: Todavía. El deseo de comer, debo admitir, me tiene un poco azorado. Mi conjetura más firme es que debe tratarse de un problema con su alimentación, ¿Qué suele comer?

Paciente: Burger King

Doctor: Ya veo. (Piensa) Bueno, no me extrañaría que esos locales de comida rápida multinacionales, en su afán por hacer más dinero, sazonen sus hamburguesas con algún ingrediente adictivo. Lo que usted sintió puede haber sido síndrome de abstinencia. ¿Qué comió hoy?

Paciente: Burger King

Doctor: ¿Y enseguida después se le fue el deseo de comer?

Paciente: Sí, casi enseguida. Fue muy raro... Desapareció.

Doctor: No es raro en absoluto. Se trata del círculo vicioso del vicio. Los síntomas de la abstinencia no desaparecen hasta que el adicto le procura más droga a su organismo dependiente, la droga calma los síntomas, pero aumenta la adicción, que lo hace sufrir de abstinencia cuando no puede conseguir su dosis., etcétera.

Paciente: ¿Y qué debo hacer, doctor?

Doctor: En principio, deje de comer por unas semanas.

Paciente: ¿En Burger King?

Doctor: Sobre todo en Burger King.

jueves, setiembre 03, 2009

Lápiz Finlandés

Querido profesor Arriaga,

Que sorpresa más grata recibir su carta. El trabajo aquí es tan absorbente que siento como si me hubiera ido hace años, y leer su inconfundible cursiva me transportó a cuando transcribía sus notas para el libro y asistía a sus clases. Hablando del libro, doné mi última copia a la facultad de aquí, ¿Podría enviarme otro?

El trabajo, como dije, es absorbente e increíblemente desafiante. Buscamos diseñar un robot en forma de lápiz que pueda ser usado como un lápiz verdadero. En la primera etapa de desarrollo, después de probar con infinidad de materiales, tuvimos éxito con la madera y el grafito. El grafito lo utilizaremos para construir la mina del lápiz robot, y la madera la usaremos para construir la parte del lápiz que es de madera. El producto final, idealmente, será de las mismas dimensiones que un lápiz, pero por ahora estamos trabajando en tamaños mucho más pequeños. Si nuestra investigación es exitosa nos será fácil conseguir apoyo económico para construir un prototipo bastante más cercano al tamaño que buscamos. Los más optimistas apuntamos a tener un lápiz robot casi igual de grande que un fósforo para fines del año que viene.

No puedo quejarme más que del frío. Helsinki es un bloque de hielo blanco, y no logro acostumbrarme. Elena al principio odiaba la ciudad y casi no salía de casa, pero ahora es feliz y ya habla mucho mejor finés que yo. Consiguió un trabajo en un videoclub y se pasa todo el día mirando películas con subtítulos en castellano, y así aprende. A mí con Grafiittituotteiden, que es grafito, y puu, que es madera, me sobra para hacer mi trabajo.

Espero que esta carta lo encuentre bien, profesor, y me alegra saber que su pelea con el decano aún lo mantiene entretenido.

Un abrazo congelado desde el polo,

Agustín

lunes, agosto 10, 2009

Enemigos

Un helado para Sultán

domingo, julio 26, 2009

miércoles, julio 15, 2009

Tarde Tarde

Esa tarde nos demoró un largo partido de ajedrez que se transformó lentamente en una conversación sobre el partido. Mi posición en el tablero era agresiva y firme, pero la había logrado a costa de algunos peones. Discutíamos abiertamente cada jugada, contándonos nuestras intenciones como si todas las piezas fueran del mismo color. La charla fue ganando en abstracción hasta el punto en que ya no hablábamos del partido sino del ajedrez, y, sin notarlo, fuimos abandonando el juego.

Aquiles advirtió el fenómeno antes que nosotros, y empezó a ladrarle al cielo, que estaba naranja y panorámico, atardeciendo hacía más de seis horas. Las nubes estáticas tenían una nitidez que impedía encontrarles alguna forma que no fuera la de una nube perfecta y quieta. Nuestro pino se movía con el viento, pero los árboles de las otras casas no. Después vimos que Aquiles no le ladraba al cielo, sino a una paloma congelada a diez metros del suelo, en un jardín vecino.

Tratamos de mostrarnos un poco sorprendidos, pero era un esfuerzo demasiado inconducente. Hasta Aquiles se aburrió pronto de la paloma y vino a acostarse a nuestros pies. Tal vez por no renunciar a nuestra conversación anterior, hablamos del suceso a través de una metáfora nacida del ajedrez. Imaginamos dos ejércitos medievales inmóviles en el campo, con gritos de guerra mudos, fijos en sus caras sucias de sangre y barro. Y en ese absoluto silencio de violencia interrumpida, imaginamos a dos jinetes y un perro que se movían por la batalla como por un bosque, y avanzaban sin ser vistos hacia las torres y el castillo.

Con la misma imprudencia con que abandonamos el partido, lo retomamos. Empezamos discutiendo la situación del tablero, pero después pasamos largo rato en silencio, pensando. Me puse la bufanda y moví el alfil. Cuando volvió a ser mi turno decidimos entrar, ya estaba oscureciendo y casi no podíamos distinguir las piezas entre sí.

martes, julio 14, 2009

La viuda del profesor Araya

Facundo: Terminala con eso, Dolores. El profesor Araya está dónde lo dejamos, en el lecho del río, atado a una piedra enorme. Ahora decime cómo lograste los truquitos de la taza y la ventana.

Facundo toma a Dolores por las muñecas y la obliga a descubrirse la cara. La besa en los ojos húmedos, lame una lágrima de la punta de su nariz y le habla muy cerca de los labios con un tono suave.

Facundo: Yo sabía que esto iba a pasar. No sabía bien cómo, y admiro tu creatividad, pero estaba seguro de que algo ibas a inventar. Por eso te amo, por tu ambición. Mirá, tengo la piel de gallina. Pero no por el fantasma, por vos. Vos me das miedo.

Dolores: (entre sollozos, mirando asustada al fantasma) Está ahí… está ahí…

Facundo se da vuelta y mira el rincón.

Facundo: ¿Y qué está haciendo?

Dolores: Abre… Abre la boca y le salen peces… que nadan alrededor de su cuerpo… en el aire.

Facundo (la sacude de los hombros): ¡Basta, Dolores! ¡Basta carajo!

Se levanta y mira de reojo el rincón.

Facundo: ¿Por qué no me contás el resto del plan así vamos más rápido? ¿Yo salgo corriendo por la puerta gritando “fantasma, fantasma” y vos te quedás con toda la guita? ¿Es así? (se tranquiliza) Bueno, yo tengo uno mejor. Vos subís a ponerte el disfraz de viuda lastimera, vamos a la iglesia a despedir al pobre profesor y después paramos en un McDonald´s camino a Cancún. Nos casamos y enseguida te empiezo a hacer pibes a lo loco. (Le acaricia el pelo en silencio) ¿Qué vas a hacer con toda esa plata vos solita?

Dolores: Sí. Vamos. Vayamos ya. Sin nada. Nosotros solos. No necesitamos nada de ese viejo asqueroso. Que se pudra con lo peces.

Dolores se levanta y va hacia la puerta, pero Facundo la agarra de la muñeca.

Facundo: Decime la combinación y andá a cambiarte.

Dolores responde que sí con la cabeza e intenta sonreir, pero de pronto se da vuelta asustada y empieza a retroceder de espaldas.

Dolores: No. No. ¡No!

Facundo: ¿Qué pasa?

Dolores: Salí, correte. Me está mirando. Viene. (Grita y se desmaya)

Facundo: ¡Dolores!

Facundo se tira al piso y avanza hasta Dolores mirando para todos lados. Dolores se sacude con un espasmo de poseída. La mesita da una vuelta en el aire sin que nadie la toque. Dolores empieza a escupir sangre.

Facundo: ¡Dolores!

Facundo se levanta para salir corriendo pero se tropieza con algo y cae. Se vuelve a levantar y está a punto de salir corriendo, pero se detiene. Avanza hasta la mesa y se queda parado un rato en silencio.

Facundo: Dolores.

Silencio.

Facundo: Dolores.

Espera unos segundos y después se agacha y tira de un hilo de tanza que está atado a una de las patas de la mesa. La pierna de Dolores se sacude.

Facundo:
¿Tanza, mi amor? ¿En serio?

Dolores se levanta de mal humor y se limpia la sangre de la cara. Va hasta la caja fuerte, se sienta en el piso y hace girar la ruedita. Facundo se para atrás de ella. Dolores abre la caja fuerte y los dos sonríen.


Dolores: Un solo pibe me podés hacer.

Facundo: Tres.

Dolores: Uno.

Empiezan a meter los billetes en un bolso.

Facundo: Se va a aburrir.

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miércoles, junio 24, 2009

Otra vez mi cabeza


miércoles, junio 17, 2009

Autoretrato