lunes, agosto 19, 2013

Mandato

Fui criado en una especie de fanatismo cínico y ateo. Papá no creía ni en los relojes. Mamá, hacia el final, no creía ni en el materialismo dialéctico. Crecí con la certeza de que La Verdad existía, pero, como el díos de los piadosos, no se dejaba ver jamás. Y mis padres, injustamente, también me inculcaron el mandato de buscar esa verdad elusiva, de denunciar la mentira, de luchar contra toda falsedad, de poner el grito en el cielo ante la más mínima tergiversación de lo real.

Mi infancia estuvo privada de fantasía y de ficción. Las quimeras que llenaban las horas ociosas de mis compañeros me resultaban tan ajenas como estúpidas. Mi imaginación amputada me vedaba, incluso, la pavorosa compañía de los monstruos. Mis maestros me juzgaban serio y antisocial, pero lo cierto es que en todo contacto humano debe mediar una ilusión, una mentira de la que yo era incapaz.

Ayer, después de enterrar a papá, salí con mi hermana del cementerio y caminamos sin rumbo y en silencio durante unas horas. En nuestro camino cruzamos a una vagabunda que tenía un pedazo de cartón con la palabra “vidente” anotada en lápiz. 

Me sembró una duda.

miércoles, marzo 06, 2013

Un caso de gravedad


Hay veces en la vida de un médico en los que la biblioteca se te prende fuego. Aunque ya conozcas exactamente el lugar preciso de cada parte del cuerpo (fémur, rodilla, cabeza), hay días en los que el cuerpo humano te sorprende y te confronta con tu propia ignorancia, y ves cuán compleja es la máquina de la vida y cuán lejos estamos de entenderla. Hoy fue uno de esos días.

Soria, Enrique Soria.

Se levantó con bastante dificultad de la silla. Yo ya había visto que estaba un poco pálido el par de veces que salí a la sala de espera a llamar a otros pacientes. Una vez que estuvo sentado en la camilla pude examinarlo, y enseguida empecé a darme cuenta de que su camisa estaba cubierta de sangre. Le pregunté al respecto.

¿Y esta sangre, Soria?

Como única respuesta, extendió la mano derecha, en la que sostenía su brazo izquierdo. De pronto noté que había sido separado violentamente del resto de su cuerpo. Fue muy impresionante. Nada te prepara para una cosa así. Ningún libro de medicina te dice qué hacer si un tipo pierde un brazo.

Hmm, la extremidad superior derecha.

Tomé su brazo cercenado en mis manos y lo miré largo rato. Improvisé. Con pulso ansioso pero medido, metí el brazo por la mana ensangrentada de la camisa y lo puse más o menos en el lugar donde iba. Después lo solté de repente. Pero el brazo, en lugar de sanarse como yo esperaba, se deslizó por adentro de la manga y rodó por la camilla hasta caer al suelo.

Claro, la gravedad. 

viernes, noviembre 30, 2012

Extraordinarias extremidades extranumerarias


Tocó a mi puerta un peatón, pero no le abrí enseguida, primero lo espié por la ranura de las cartas con disimulo. El peatón se dio cuenta, y mirándome a los ojos dijo “Hola, soy Gaspar, me mudé acá al lado y pensé que tal vez podíamos ser amigos. Te traje un postrecito Sancor.” De la vergüenza que me daba que me hubiera agarrado espiándolo, cerré el obturador de cartas con ruidosa torpeza. Temí que lo tomara como un agravio y dije “Uy, qué portazo”, y la situación recuperó así su anterior balance. 
Aunque en realidad yo seguía sospechando de él, después de todo ya se había hecho pasar por un peatón cuando en realidad era un vecino. De cualquier forma lo hice pasar, y mis sospechas enseguida se disiparon cuando reconocí el logotipo de Sancor. Era cierto, me había traído un postrecito.  
Manchita empezó a morderle los tobillos izquierdos juguetonamente. Manchita es mi tío político, que vive con nosotros desde que mi tía (que también trabaja en la gobernación) lo echó de la casa por comerse sus pantuflas. Gaspar lo encontró amoroso, y le dio unos cigarrillos que mi tío fumó con fruición acostado entre dos de los pies de mi nuevo amigo.
 La conversación fue del todo banal, pero a medida que pasaban los minutos fui intuyendo la verdadera trama de esa visita inesperada. Comprendí que estaba en peligro, y que cada segundo que durara nuestra entrevista el riesgo de muerte era mayor. En un momento se llevó una mano al bolsillo del saco y supe que era mi fin. Pero qué tonto fui al volver a dudar de Gaspar, porque del bolsillo no extrajo un arma, sino otro postrecito Sancor, que me entregó amablemente. Traje tres cucharas y lo compartimos. A Gaspar le parecía adorable ver como mi tío comía el postrecito con la cuchara. Le sacó una foto con su celular.

martes, agosto 07, 2012

La hazaña


Estaba realmente furioso y no medí mis palabras. Le dije lo que pensaba sobre su asquerosa lasagna. Escupí mi insulto en voz baja y corrosiva desde atrás de un cigarrillo fresco, como si nada. La maldad le despeinó los bucles y me miró incrédula unos segundos, profundamente dolida. Después reaccionó. Levantó el cenicero de vidrio de la mesa y me lo tiró, pegándome de lleno en la frente. El golpe me hizo inclinar la cabeza hacia atrás, y el cigarrillo se me escapó de los labios y salió dando giros por el aire. El cenicero cayó intacto sobre la mesa y un instante después el cigarrillo cayó adentro, en perfecta posición de cigarrillo que espera ser fumado, con la brasa en el centro y el filtro posándose delicadamente en la caladura destinada a tal fin. Lentamente estiré el brazo y lo agarré, le di una honda pitada y volví a apoyarlo en su lugar. Por fin la miré y le dije con saña: ¿Viste lo que hice? 

viernes, junio 29, 2012

Generación K


Hoy me llegó un mensaje de texto que decía: "Hola Ana soy Mateo d anoche en club6 jajaa me pareciste una mina copada y te kiero volver a ver ja". El mensaje me pegó, me dolió fuerte y dulce. A veces la vida te sonríe con una mueca siniestra, pero esa mueca no deja de ser una sonrisa. A través del dolor, o tal vez movido por el dolor, encontré una certeza que me envolvió en una cálida paz. Contesté el mensaje: "Mateo. Tres cosas voy a decirte. La primera es que kiero k atesores eso k sentís, tu capacidad para sentirlo, tu talento, esa fragilidad k te da poder, esa capacidad para buscar un espejo imperfecto donde mirarte sin pudor, esa inocencia sabia. Segundo, yo no soy Ana. Me llamo Mateo, como vos. Te dio mal el número. Seríamos muy inocentes al suponer k fue un error de su parte. No, Mateo, lo hizo adrede, para no atenderte. Tercero (y acá kiero que prestes mucha atención, porque lo k voy a decirte es importante) estate seguro de k la vamos a encontrar. No voy a descansar hasta k vos y Ana estén juntos.” Terminé de escribir el mensaje con los ojos cargados de lágrimas. Lo envié, como quién se desangra. Club 6, pensé, club 6. Todavía envuelto en un aura agridulce, me puse el sobretodo y salí para el cyber, a investigar.

jueves, junio 21, 2012

El Oasis del Acertijo


“Cuéntanos de tus aventuras padre”, solían pedirle sus hijos a Carlos El Aventurero. Y en esas ocasiones, Carlos se sentaba frente al fuego, levantaba con una mano a cada uno de sus hijos y los sentaba sobre sus rodillas. Después, en un tono muy grave, contaba historias asombrosas de sus viajes y batallas.
“Llegará un día en que ustedes también serán valerosos guerreros y dominarán la espada como su padre, y hay una lección que no quiero que olviden jamás. En la batalla y en la vida el ingenio y la astucia son igual de importantes que la fuerza física. Así como la espada debe ser pesada y dura para golpear más fuerte, también debe ser filosa para cortar la carne y los huesos. El filo de un guerrero es su agudeza mental e inteligencia. Yo mismo, más de una vez, tuve que usar la inteligencia.
“Una vez llegué, exhausto después de semanas en el desierto, a un oasis cercado por una muralla. Fui rodeando la pared hasta dar con dos guardias armados, cada uno protegiendo una entrada. Les pedí que me abrieran la puerta.
Lea el cartel señor, me dijo uno de los guardias. En efecto había un cartel entre las dos puerta y procedí a leerlo. Decía “Una de estas puertas da al Oasis del Acertijo, la otra a una muerte segura. Los guardias contestarán cualquier pregunta que tenga. Uno de los dos guardias dice siempre la verdad, el otro siempre miente.”
Y  ahí puse en acción el ingenio. Primero les pregunté a ambos guardias si eran el guardia que siempre decía la verdad y los dos me dijeron que sí. Obviamente uno estaba mintiendo. Les pregunté si la puerta de la derecha daba al oasis, pero no sirvió, porque cada uno me dijo algo distinto. Entonces di con la respuesta. Hice un movimiento astuto e inteligente y golpeé la cabeza de uno de los guardias contra el cartel, haciéndola explotar. Le saqué su lanza con astucia y se la clavé al otro guardia en la garganta.”
“¿Y cómo hiciste para entrar al oasis, padre?” preguntó uno de los pequeños hijos de Carlos El Aventurero.
“Exactamente lo qué pensé yo apenas terminé de usar el pensamiento para matar a los guardias: ahora cómo sé cuál de las puertas da al oasis. Y arriesgué con inteligencia, porque acerté y no morí.
“De culo”.

viernes, mayo 13, 2011

El mismo

Dos cajas grandes de madera, llenas de papeles. El trabajo de diez años, en lápiz. Jeroglíficos indescifrables, anotaciones al margen de todo, ecuaciones inconclusas que se mordían la cola, matemática tan abstracta que tuve que inventar otra matemática para anotarla. Basura que incluso a las llamas les costó tragar.

Tardé un par de horas en quemarlo todo en un barril de basura oxidado que iba alimentando de a una hoja por vez. Antes de tirar cada página al averno, le pegaba una última mirada masoquista a los garabatos desdibujados que pretendían explicar algo que, aparentemente, no tenía ningún deseo de dejarse entender. Estaban numeradas y las tiré en orden. Fue como viajar en el tiempo y revivir un pensamiento obsesivo, constante y ramificado que se perdía, volvía atrás, avanzaba en otra dirección, se perdía y volvía a empezar. Diez años desperdiciados en un laberinto, todo el rato sospechando que en realidad se trataba de una cárcel. Es increíble que no lo hubiera abandonado antes.

Se apagó la última llama del último papel. Agarré un hacha y destrocé las dos cajas y las quemé también, sabían demasiado. Cuando se apagaron las maderas y quedaron solo las brazas, empecé a sentir el frío. Levanté la mirada del barril y me despertó una imagen de increíble belleza: un universo de cenizas casi quietas en el aire denso, flotando. Matemática quemada, sin solución, pero viva en el espacio. Una manzana del tamaño de nueva york me cayó en la cabeza, Eureka se levantó de su larga siesta y entendí. Vi cada cuenta otra vez, en un instante, en lo que tarda una partícula de ceniza en caer un centímetro.

Hojas en blanco, necesitaba hojas frescas y un lápiz bien filoso. Entré a la casa dejando la cabeza en el jardín. Me pasé varios segundos parado con la puerta abierta, dejando entrar el aire helado y mirando un almohadón en el piso sin verlo realmente. Alguna parte de mi notó que el almohadón estaba fuera de su lugar, y se quedó esperando que el cerebro, entorpecido y sobrecargado por otro pensamiento mucho más complejo y fascinante, se dignara a sacar alguna conclusión. Después algo se movió en el cuarto, una mano que saludaba, y vi a mi padre, sentado en el sillón. Casi no se notaba que llevaba cinco años muerto.

“Me parezco a papá, ¿no?” dijo, y volvió a saludar con la mano vieja. A la mano le faltaba un dedo, y supe de pronto quién era. No me desmayé, pero las piernas dejaron de hacer lo suyo, y caí de rodillas sobre el almohadón, que estaba ahí para que yo cayera sobre él. Miré mi propia mano, los cuatro dedos y la palma. Miré sus ojos, del mismo verde que los míos, y dije mi propio nombre en voz alta.

“El mismo.”
“Lo acabo de ver… las cenizas.”, dije.
“Ya sé.”, dije.

viernes, marzo 04, 2011

Medio par de medias

Media única y sola, media sin par,

Medio par de medias en mi placard.

Media solita, media individual,

Media que nunca llega al total.


Parte de un par de medias en mi cajón,

Medio escondida abajo de un calzón.

Del total sos una mera porción,

Medio que se me parte el corazón.


Único cobertor de mi extremidad,

¿Dónde se habrá ido tu otra mitad?

Me falta una media y no se donde está,

Me falta un soquete para la unidad


Indivisible átomo de vestuario,

Envoltorio de mi paso diario,

El tiempo ya no pasa en tu calendario,

Todo el día guardada en el armario

domingo, febrero 13, 2011

Cómo ver el universo con bastante claridad

  1. Si sobre la “mesa” hay un paquete abierto de “galletitas”, guárdelas (junto con cualquier otra “cosa” que haya en la “habitación”) en un “cajón” de la “cómoda.” Si la “cómoda” se encuentra dentro del “cuarto”, deberá también ser guardada con las “galletitas”. Este primer paso es imprescindible, ya que es tan vasto el universo y tantas las “cosas” que hay en él, que la presencia concreta de un “objeto” cualquiera le impediría soltar la ilusión de que la “galletita” no es parte de “usted” cuando está sobre la “mesa”, pero lo es cuando la come.
  1. Notará que al inhalar, lo que estaba “afuera” pasa a estar “adentro”, y luego sale cuando exhala. A esto lo llamamos respirar. Hágalo normalmente.
  1. Active tres chakras a elección. La activación económica de una chacra de cría de animales domésticos también será aceptada.
  1. El cuarto paso es tan evidente que ni hace falta anotarlo.
  1. Repita el cuarto paso pero sin emplear las varillas y usando moldes nuevos. A esta altura ya debiera estar viendo una nublada imagen del universo, los contornos serán lo más nítido y a color, y hacia el centro se irá empastando. Este fuera de foco es provocado por sus miedos e inseguridades. Usted no quiere ver realmente el universo, farsante. Usted sigue encantado con los fragmentos, cobarde. Era de esperarse esta actitud de semejante pusilánime.
  1. Disculpe el abuso verbal del paso anterior, pero era necesario. Usted debe ahora sentirse insignificante ante la enormidad del cosmos, debe sentirse una basura banal, una nada intrascendente. Sólo cuando su autovaloración haya alcanzado un punto insosteniblemente bajo, su psique esgrimirá un último recurso salvador, la única alternativa a la crisis nerviosa, y comprenderá que, lejos de ser una ínfima parte de ese todo, usted es el todo mismo. Nada puede empezar o terminar, ocupando un espacio limitado. No existe un número más grande que uno.
  1. Y ahí lo tiene al universo, todo lleno de puntitos.

miércoles, noviembre 10, 2010

Bo Lu ¡Daaa!

Melina: No sé, boluda, a veces me da por pensar cada cosa. Debo estar loca.

Lucila: Uy, ¿vas a empezar de nuevo con lo del universo?

Melina: No. Pensaba que… no sé, ¿cómo te explico? Ponele que yo miro esto… O mejor vos. Mirá esto. ¿De qué color es?

Lucila: Rosa.

Melina: Y si lo miro yo, también digo rosa.

Lucila: ¿Entonces?

Melina: Pero, ¿cómo sé que lo que vos ves es rosa?

Lucila: Porque te dije… no entiendo.

Melina: Claro, tipo, por ahí vos lo ves azul, pero como siempre te dijeron que ese color se llama rosa, le decís rosa.

Lucila: No entiendo.

Melina: Claro, ponele que...

Lucila ¡Entendí! Que loco… Qué loco. Por ahí vos me ves la piel verde, y te parece re normal.

Melina: ¡Estaba pensando el mismo ejemplo, boluda! ¡Piel verde!

Lucila: ¡Ay, boluda, tenemos telepatía!

Melina: A ver, pensá un número del uno al diez.

Lulcila: Seis.

Melina: No me lo digas, Naba.

Lucila: Ay, qué boluda, perdón. Ya está.

Melina: ¿Es tres?

Lucila: Ay, casi.

Melina: ¿Cuál era?

Lucila: El…

Melina: ¡Pará, no me lo digas!... ¿Cuatro?

Lucila: Frío.

Melina: Dos entonces.

Lucila: No.

Melina: ¿Cuál era?

Lucila: ¿Te lo digo?

Melina: Dale.

Lucila: Trece.

Melina: Del uno al diez te dije, Corky.

Lucila: Ay, qué tarada. Sabía que era del uno al diez, pero pensé el trece igual. Qué raro, ¿no?

Melina: No es raro, es que no te da la cabeza.

Lucila: Uy, sory, habló Eisenstein… Tampoco trece es un número taaan alto, che.

Melina: Es más alto que diez.

Lucila: Bueno, no soy una calculadora, boluda.

Melina: Pensá un número.

Lucila: ¿Otro nuevo?

Melina (sarcástica): No, otra vez el trece.

Lucila (piensa): Ocho.

Melina: Que incapaz que sos.

Lucila: Ay, te lo dije de nuevo.

Melina: Sí.

Lucila: Ya pensé.

Melina: ¿Nueve?

Lucila: No, era ocho.

Melina: ¿Pensaste el mismo número que dijiste recién en voz alta?

Lucila: No, eran dos ochos distintos

Melina: Qué boluda. Pensá otro.

Lucila: No, ahora pensá vos.

Melina: Bueno… listo.

Lucila: Cuatro.

Melina: No.

Lucila: Otro.

Melina. Listo.

Lucila: Seis.

Melina: Sí.

Lucila: ¿En serio?

Melina: Sí. Y además el cuatro también era, boluda, no sé por qué te mentí.

Lucila: ¿En serio?

Melina: Sí.

Lucila: ¿Por qué me mentiste?

Melina: De nuevo.

Lucila: Ok. ¿Quién piensa?

Melina: Las dos.

Lucila: Ya estoy.

Melina: Yo también. El tuyo es el cinco.

Lucila: No. El tuyo es el dos.

Melina: ¡Sí! ¡Adivinaste de nuevo, Boluda!

Lucila: ¡Otra! ¡Otra!

Melina: Ya pensé.

Lucila: Tres.

Melina: Sí.

Lucila y Melina: Bo Lu ¡Daaa!

Lucila: Pensá.

Melina: Listo.

Lucila: Seis.

Melina: ¡Sí!

Lucila (seria): Otro.

Melina (seria): Ya.

Lucila: Nueve.

Melina: ...Sí.

Pausa

Melina: Ya pensé.

Lucila: Siete.

Melina (asintiendo con los ojos vidriosos): Ya pensé otro.

Lucila (tapándose la boca): Trece.

Se abrazan llorando, asustadas.

jueves, setiembre 23, 2010

El terrible final de este texto que está acá abajo

Bajo pretexto de anudarse los cordones, el texto se agacha y mira en torno. Sabe que el silencio acecha en todas partes. Detecta, con ojo entrenado, al enemigo: Las franjas de silencio que lo limitan injustificadamente a los lados; la sangría que lo mira con la culpa del entregador; los espacio que, separando las palabra, promueven un silencio entre las letras. Antes de su fin, el texto piensa con tristeza , "Acaso este sea mi punto final". Pero se equivoca, es este:.

lunes, setiembre 20, 2010

Re: Re: Nada

Queridísimos amigos,

Antes, incluso, de saludaros, quisiera dejar algo bien claro: Me compré la tijera dentada para darle a mi correspondencia un marco novedoso y estelar. Por ningún otro motivo. Me duelen y ofenden algunas acusaciones que he recibido en respuesta a mi misiva sobre el inminente génesis, acusaciones injuriosas que suponen una intención por mi parte de lacerar los dedos de mis destinatarios, valiéndome del puntoso borde de la epístola. Estas risibles fabricaciones son claramente una nueva señal de estrechez mental por parte de ciertos sectores, que, por no cambiar de postura, se oponen siempre. Hace no mucho, las mismas personas rechazaban las pegatinas en forma de corazón que dispongo con amoroso cuidado en las esquinas del pliego, y que, hoy por hoy, casi todos atesoráis con cariñoso afecto. Por otra parte, la esencia con la que perfumo el sobre, que sin duda estáis oliendo con gozo mientras leéis estas palabras, fue también motivo de conflicto en su momento. Así que ya veis, todo lo que no nos mata, nos hace más amigos :)

domingo, setiembre 19, 2010

Asunto: Nada

Queridísimos Amigos,

Como sabéis, se acerca el momento temido, un principio amenaza con empezar, un Bang muy Grande. Esta Nada en la que vivimos, que sin ser mucho, es suficiente, se convertirá, a las cero horas, en sinónimo de “no Algo”. Todo aquello que Sea, nos negará. Nos negarán el tiempo fatigoso y el espacio inabarcable, la materia, los límites, las fuerzas y accidentes.

Pero no debemos lamentarnos, mis amigos: Al no existir aún ese tiempo ni ese espacio, no es este el momento ni el lugar para la melancolía. Propongo en vez, afrontar el Fin de la Nada como si nada tuviéramos que perder, abrazar al azar, a lo posible, a lo que Sea. Esto puede ser el principio de un hermoso universo. Pues eso, y, nada, que os quiero.

sábado, julio 10, 2010

Juan 4:48

“Cristo redentor”, dijo Elisa, porque la rigurosa tapa de la mermelada empezaba a dibujar marcas rojas en la delicada piel de sus manos. “¿Habráse visto tapa más hija de puta?”, preguntó empuñando el frasco hermético hacia el techo, queriendo, en realidad, señalar la cúpula celeste.

Un chispeo silencioso empezó a brillar en el aire junto a ella. Al principio, Elisa creyó que se trataba de una baja de presión causada por el enorme y vano esfuerzo sobre el sello inviolable, pero pronto empezó a distinguirse, traslucida al principio, la figura inconfundible de nuestro señor Jesús de Nazaret. La barba, las sandalias, el pelo largo, la túnica, todo.

Y dijo Jesús: -Dame el frasco, mujer, pues mis manos podrán lo que las tuyas no han podido- Y así diciendo tomó el frasco en sus manos, y Elisa pudo ver que Jesús asía fuertemente la tapa, y se mordía el labio inferior, pues era mucha la fuerza que requería la hazaña, y en pocos momentos oyose un ruido seco, y la mermelada estaba abierta.

martes, junio 15, 2010

Ciertos aciertos

No me cuesta admitir ciertos aciertos en lo que ahora escribo. El primero: aquel acertado título, que anuncia aciertos, pero precedidos de la palabra “ciertos”, vocablo que cuestiona, modestamente, los mismos aciertos a los que alude. La tensión se plantea desde el principio, la sensibilidad y la audacia del autor son rescatadas por el lector y, ciertamente, por el éxito.

Lo segundo que encuentro destacable es como abre el primer párrafo, con una sangría sugerente, ambigua. Es a la vez el silencio que el título exige para ser asimilado y el redoble militar que anuncia la primera oración del texto, que es la mejor que he escrito en mi modesto esfuerzo como escritor. Las palabras, que acaso me justifican, confiesan como al pasar lo siguiente:

No me cuesta admitir ciertos aciertos en lo que ahora escribo”.

En una sola frase niego a Homero, a Cervantes, a De Quincey, a Hernández... Y ese castillo de naipes, esa vasta biblioteca que imagino con todos los libros posibles: La Literatura, cae porque yo elijo contar en un presente estricto, que sólo puede verse a sí mismo, negando todo otro tiempo posible. Por otra parte, al evidenciar ad initio la figura de un escritor detrás del texto, anulo el contrato tácito entre el escritor y el lector, para siempre.

La segunda oración es conciliadora. Para salvar a la literatura, esgrimo un último recurso: seguir escribiendo. Si la literatura realmente hubiera claudicado, razono, alguna fuerza me impedirá anotar esta segunda oración:

“El primero: aquel acertado título que anuncia aciertos, pero precedidos de la palabra “ciertos”, vocablo que cuestiona, modestamente, los mismos aciertos a los que alude.”

Un afluente vigoroso desborda el lecho en el que la literatura, moribunda, era ya un mero arroyo, poco más que un hilo de humedad atravesando el llano en dirección nornoroeste. El fluir de mi pluma ejemplar riega de sentido el mundo, limpia en su arrastre la confusión que se acumulaba a ambos lados del entendimiento y nutre con sedimentos fértiles de lucidez los brotes de verde inteligencia que luchan por ver la luz en las orillas. Si calificar de “acertado” al título “ciertos aciertos” ya me hubiera merecido la admiración de los catedráticos, yo voy aún más lejos, evidencio, y por ende perpetúo, la tensión que genera semejante encabezado, igualando al lector al mismísimo escritor, mostrándole la trama del hilo con el que tejo la trama de lo que está leyendo.

Cierro el primer párrafo de manera triunfal, cosechando los laureles que, con apenas un rótulo acertado y tres frases incisivas, merezco ya con creces:

“…la sensibilidad y la audacia del autor son rescatadas por el lector y, ciertamente, por el éxito.”

Además de una profunda y reflexiva autocrítica, que me descubre “sensible” y “audaz”, demuestro una gran visión a futuro, al vaticinar, casi con clarividencia, que el lector y el éxito rescatarán estas humildes palabras.

lunes, junio 07, 2010

El precio del amor

Un hombre se acerca a una cajera de un supermercado

Hombre: ¿Me podés decir el precio de esto?

Cajera: Cómo no, señor. (beep) Doce setenta.

Hombre: ¿No será mucho?

Cajera: ¿A usted cuánto le parece que vale?

Hombre: Ocho. Nueve como mucho.

Cajera: Bueno, usted pague nueve y yo pongo la diferencia de mi bolsillo.

Hombre: ¿Porqué?

Cajera: Porque usted me gusta.

Hombre: ¿En serio? ¿Qué te gusta de mí?

Cajera: Sus facciones claras, su mirada profunda pero tranquila, su manera distraída de perderse entre las góndolas… pero lo que más me gusta de usted es esa sonrisa huidiza que ahora mismo le ilumina el rostro. Podría vivir buscando nuevas y viejas maneras de robarle esa sonrisa.

Hombre: ¿Así que te gusto?

Cajera: Sí, la verdad que sí.

Hombre: ¿Y querés tomar algo después?

Cajera: No, gracias.

Hombre: ¿Cómo?

Cajera: Usted me resulta vomitivo.

Hombre (herido y confundido): ¿Qué? Pero dijiste…

Cajera: Era un mentira que pergeñé. Quería tentarlo para que comprara ese shampoo. Mi plan nunca fue pagarle la diferencia. Confiaba en que usted, halagado por mi engaño, no aceptara la oferta e insistiera, caballerosamente, en pagar el monto total.

Hombre: Ya veo. Que necio fui al pensar que yo podía gustarte. Vos sos tan linda.

Cajera: ¿Usted cree?

Hombre: Sí. Deben decírtelo todo el tiempo.

Cajera (sonrojándose): Bueno… a veces.

Hombre: No seas modesta, Teresa.

Cajera: ¿Cómo sabe mi nombre?

Hombre: Lo dice el cartelito que tenés en la teta.

Cajera (riendo): No diga teta, señor.

La cajera termina de reírse y por un breve instante se miran a los ojos en silencio. El hombre se da cuenta de que la ama.

Hombre (retrocediendo de espaldas, sobrecogido por la emoción): Bueno. Adiós.

Cajera: Espere, se olvida el shampoo.

Hombre: No, dejá. No lo voy a llevar.

Cajera: Mire que le cobro nueve y yo pongo la diferencia.

Hombre (confundido): Creí que eso era un complejo engaño. Que tu intención desde un principio era halagarme para que yo comprara…

Cajera (interrumpiendo): Era mentira.

Hombre: ¿Qué parte?

Cajera: Usted en realidad sí me gusta. Me gusta mucho. Y además, imagínese que yo no trabajo a comisión con el supermercado. Poco podría importarme que usted lleve o deje de llevar un shampoo.

Hombre: ¿Y ese plan que me decías antes?

Mujer: Lo dije por pudor. Cuando me invitó a tomar algo… me sentí vulnerable e inventé cualquier cosa. Lo siento, no quise mentirle. Si usted volviera a invitarme, no dudaría en responder que sí.

Hombre: ¿Querés pasar por casa cuando salgas de trabajar?

Cajera: Sí.

Hombre (sonriendo enormemente): ¡Qué feliz soy!

Cajera: Yo también. Verlo sonreír así...

Hombre: Voy a casa a preparar todo. Cobrame esto.

Cajera: ¿Lleva el shampoo solo?

Hombre: Sí

Cajera (beep): Nueve pesos.

Hombre: No. Doce con setenta. Pienso pagar el total.

Cajera: Usted es un caballero.

viernes, mayo 21, 2010

Globalización

Nueve tenía yo cuando se inauguró el atlántico. Lindo, fue. Todo el barrio pintado nuevo, con banderines que cruzaban de poste a poste en las esquinas. Mamá cocinó unos patys, y papá hablaba, alegre de tener una copa en la mano, sobre cómo serían los rusos, los coreanos, los portugueses. Por ese entonces se sabía muy poco, nada en realidad, y las cosas que decía papá estaban basadas en los falsos datos que circulaban por Internet. Pocas semanas después llegarían los primeros barcos de Asia, África y Europa, y el mundo cambiaría para siempre. Pero ese domingo pertenecía todavía a una época anterior, más inocente, más sencilla y monótona, y papá, sentado en la cocina de casa, inventaba datos para su audiencia de dos.

-'.'-

Papá (apuntándome con un dedo desde una punta de la mesa a la otra): Tenés que pensar en la arquitectura, Dante, los portugueses no son tangibles. ¿Dónde los ponemos?

Yo: ¿Qué es tangible?

Papá: ¿Quién pensás vos que es más poderoso, Corea, Portuguel o Rusiolandia?

Yo: Portuguel, porque no son tangibles

Papá: ¡Error! La respuesta correcta es: ninguno de los tres. (Pausa y trago) Existen más países del otro lado del Atlántico, Dante, países mucho más poderosos... El primero, Rusioslovaquia. Muy jevi. Son como los Rusiolandeses pero dieciocho veces más rápidos. No tienen autos. No los necesitan.

Yo: Faa.

Papá: Y eso no es nada. En Uropa hay un país, el Vaticarlos, que es de Dios, así nomás. Esos sí son jevi, mucha guita.

Mamá: No le inventés cosas al nene, Rubén. (A mi) Dios no existe, Dante.

Papá: Acá no existe. Allá no sabemos.

Yo: ¿Y los chindios?

Papá: No, Dante. Están los chinos y los indios, los chindios no existen.

Yo: Los chinos quise decir.

Papá: Uy los chinos… Qué jevis que son los chinos. En este momento podría haber, acá mismo… no sé… siete chinos, y vos ni te enterarías.

Yo (susurrando): ¿Acá en la cocina?

Papá: Sí.

Mamá: Eso no está comprobado.

Papá: Se sabe, mujer.

Mamá: Se sospecha.

Yo: ¿Y nos están viendo?

Papá: Son ciegos, dante. Donde nosotros tenemos los ojos ellos tienen dos ranuras que segregan feromonas. Son muy sexuales, por eso son tantos.

Mamá: ¡Rubén!

Papá: ¡Si es la verdad!

Yo: ¿Qué es feromonas?

Mamá: Y vos, no preguntés cosas que no tenés que preguntar.

Mamá me golpea la cabeza con una espátula que chorrea grasa de paty.

Yo: ¿Cuales son los más jevi de todos, pa?

Papá: Los afriquenses.

Yo: ¿Son muy jevi?

Papá: Muy.

Yo: ¿Por? ¿Qué hacen?

Papá: ¿Qué no hacen, Dante? Eso te pregunto yo.

Yo: ¿Hacen todo?

Papá: Todo.

Yo: Faa.

viernes, abril 16, 2010

El trigo

Entré a casa y me saqué los guantes. Primero el izquierdo, con la mano derecha, y después el derecho, con la izquierda. Distraído por una nota que me habían dejado en la mesita de entrada “Se acerca el fin del mundo, salí a comprar más trigo. Irene”, volví a sacarme el guante de la mano izquierda. Apoyé los tres guantes en la mesa, sobre la nota, y fui a la cocina. Revisé las alacenas y confirmé mi temor: tan llenas de trigo estaban, que no entraría el trigo que Irene estaba comprando. Así que agarré unos cuantos trigos y empecé la molienda y el envasado de las harinas. Empaquetado ocupaba mucho menos espacio, y cuando llegó Irene con el Dodge cargado de trigo, pudimos acomodarlo con bastante comodidad.

Después de un aperitivo liviano, acompañado de una conversación distendida y un poco vulgar, le pregunté a Irene llorando, desesperado al principio y con amarga resignación más adelante, sobre el inminente fin del que hablaba su nota. “Dos horas” fue su críptica réplica. Dejó pasar unos momentos y agregó “Kaput”.

Debemos dormir una siesta, sugerí, pero la palabra siesta era un código secreto, que se refería a otra cosa. Pero no develaré qué es esa “cosa” porque soy un caballero y no hablo de mi relación amorosa con Irene, y menos en mi blog.

Irene no respondió a mi avance sexual de "la siesta", tenía la mirada perdida en el bosque. “¿No te interesa saber para qué salí a comprar más trigo si ya sabía que se venía el fin del mundo?” me preguntó. Y yo, que no había sentido ningún interés hasta ese momento, me vi de pronto muy interesado por saber para qué había comprado más trigo. “Sí”, dije. “El trigo, Rubén, el trigo contará nuestra historia.”

Miré el trigo incrédulo. ¿Mero trigo? ¿Contando nuestra historia? Imposible. ¿O acaso había algo que se me escapaba? Miré por toda la habitación, buscando algo. Nada. “El tiempo apremia, Irene. No hables en acertijos.” Díjele a Irene, enojado. “El trigo siente, Rubén, el trigo ama.” Respondiome ella. “A ver”, contestele, a su vez, yo mismo. “Pedile que cuente nuestra historia.” A lo que ella se quedó quieta y el trigo no hizo nada.

Demás está decir que pasaron las dos horas y el fin del mundo no llegó. Irene, resultó, está totalmente desquiciada. Yo fui muy inocente al no preguntarle cómo sabía que se venía el fin del mundo. Ese mismo día la puse al cuidado de profesionales. Y aunque a veces me duele la soledad, ahora tengo todo el trigo para mí.

lunes, marzo 15, 2010

Una pausa larga

Iris y Abel están sentados ante una mesa en la cual un rompecabezas de quinientas piezas está bien encaminado. Trabajan por separado, cada uno en su sector. Abel deja lentamente de lado una pieza y levanta otra al azar. Aprovecha el cambio para dedicarle a Iris una mirada de resignado desprecio. Pero en seguida el interés le curva las cejas en un gesto inteligente que le estira la arrugada piel de los párpados. En las manos de Iris está la pieza que él busca. Los dos se quedan absolutamente quietos, mirando. Abel espera en silencio a que la apoye en la mesa. Pasa un año, Iris ni siquiera se da cuenta de que Abel la está mirando. Dame esa, Iris, dice Abel. Iris deja pasar unos siglos antes de contestar. ¿Porqué no agarrás de la mesa? Mirá todas las que hay. A lo que Abel enseguida responde, estoy buscando la que tenés en la mano. Viendo que se acerca un período glaciar, y sólo por provocar a su esposo, Iris decide esperar a que llegue y se vaya antes de contestar, siempre pensás que la que yo tengo es la que estás buscando, y nunca es. Abel, ya bastante disgustado al ver que el asunto se dilata, responde, esta vez es, no tengo duda. Iris mira a Abel por sobre sus anteojos y, sin bajar la mirada, calza la pieza en su propio sector. Después hace una pausa larga, de varios segundos tensos, y pregunta, ¿estás seguro, Abel?

miércoles, marzo 10, 2010

Rubén pide perdón

María va a la farmacia. La atiende Rubén.
Rubén: Hola, María.
María: Mirá, Rubén, no te pongas pesado.
Rubén: ¿Yo qué dije?
María: Nada, pero te aviso.
Rubén: De ranas como vos tengo la sartén llena, nena. Llena, nena.
María: Ay, sos muy nabo.
Rubén: ¿Viniste a comprar algo, o a perderte en el azul de mis ojos?
María: No te banco nene, ¿podés ser normal?
Rubén: Vos sos anormal.
María: Vine a comprar curitas.
Rubén: ¿Te cortaste?
María: No.
Rubén: ¿Tu vieja?
María: No.
Rubén: ¿Quién?
María: Nadie, ¿Qué te importa, nene?
Rubén: Tu viejo, con un fierro oxidado del Ford.
María: ¡Que estúpido! (toca madera y se santigua). Nadie se cortó.
Rubén: Entonces viniste a verme.
María: Vine a comprar curitas.
Rubén: No, viniste a buscar una curita para tu corazón enamorado. De mí.
María: ¿Me vas a dar las curitas?
Rubén: ¿Cuáles?
María: Cualquiera, la más barata.
Rubén: No, digo, ¿Cuáles, las que se pegan a la piel o las que arreglan corazones enamorados de mí?
María: Ay, sos muy estúpido. Las compro en el quiosco.
Rubén: ¿Porqué no fuiste al quiosco directamente? Tenías ganas de verme, admitilo.
María se da vuelta y…

…avanza hacia la puerta.
Rubén: Pará, Rabietas, llevate las curitas.
María frena y lo mira. La sonrisa de Rubén desaparece apenas ve los ojos de María cargados de lágrimas e inyectados de sangre. Se queda duro y en silencio, asustado.
María (llorando): ¿Por qué sos tan malo? ¿Qué te hice? Decime, nene, ¿Qué te hice? ¿Te pensás que para mí es fácil venir?
Rubén: Pará.
María: Y no vine para verte, tarado, vine para ver cómo estabas.
Rubén, parado delante de un estante con cientos de remedios, no puede hablar. María camina el largo de una góndola de accesorios y sale por la puerta. Después de unos segundos, Rubén salta por encima del mostrador, tirando un exhibidor de anteojos negros al piso, y sale detrás de María. La encuentra sentada en la esquina, llorando.
María: Dejame en paz.
Rubén: No sabía.
María: ¿Qué no sabías?
Rubén: Perdón.
María: Andate.
Rubén: Mari… Yo pensé que me odiabas.
María: Te odio.
Rubén: No, por favor.