sábado, julio 16, 2005

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1 comentario:

papaf dijo...

Para qué lado va el tiempo, Mat?

Cuando sepa quién seré mañana y no me de en la proa y en la cara el viento
de la curiosidad...Cuando no me atraiga desde allá lo que aún no ha ocurrido ¿qué cambiará? ¿Habría desaparecido el
tiempo que no existe o apenas ese hambre de conocer la verdad?



Los indígenas no tienen heladera. Es decir no tienen máquina del tiempo. No pueden transportar hasta mañana, sin que se les pudra, el alimento.
Eso diferencia sus ideas de las nuestras que somos capaces de juntar. No tienen moneda para envasar esfuerzo. Nunca piensan en acumular.
No creen que el sol de hoy sea otro diferente del de ayer. Mientras yo sumo ellos repiten. O mejor dicho, tienen otras cosas que pensar.

Cuando dibujo el tiempo hago una recta. Como una estrella fugaz surcando la ilusión de quien la mira. No sé sí ellos saben que su tiempo es circular. No creo que lo dibujen.
Tienen otras cosas que pensar.


Ellos y yo nos encontramos cuando estaba por cumplir yo mis cincuenta y ellos, (perdonen la tentación de hacer el juego) también cumplían pero cumplían sin cuenta. El lugar era el mismo, y el momento. Por eso lo llamamos un encuentro. El idioma, parecido... pero el tiempo: virilmente lo blandía yo como un sable y era un escudo redondo para ellos.

El tiempo nos lanza hacia delante. Nos aleja en nuestras rectas del origen. Abandonados nos tragamos la tristeza y reemplazamos la panza por el cielo. El calor por la aventura. El acá por ese señuelo que endiosamos, que nunca vendrá: el futuro.


Con torpe olor a tierra en la mirada, los indígenas intentan entender las lecciones que yo imparto en el encuentro. Ninguno de mis hijos se me ha muerto. Tengo auto y tengo cámara de fotos. Vine en avión y ellos por el barro del camino. Por más que me esfuerzo en hacer bien mi trabajo, me acecha como una desilusión o como la muerte la idea de que para enseñar hay que saber a dónde vamos. Pero ellos y yo más que ir juntos, nos cruzamos. Como un ciervo en el la ruta, como un reflejo, o una nostalgia que aparece y se apaga en medio de un charla de negocios.