lunes, agosto 22, 2005

El teatro

Ligados por un cordón fino, los imitadores hacían trucos y sufrían enfermedades. Antes de despedirse, firmaron autógrafos y dieron consejos a jóvenes emprendedores que absorbían y anotaban cada palabra. Alguien, de improvisto, se secó la frente con un mantel. Los imitadores lo imitaron. Un silbido largo y claro aunque bajito, sonó en un súbito silencio. Las sillas estaban todas alineadas y lista a ser plegadas y guardadas junto al escenario, pero nadie consideraba que fuera su deber hacerlo. De hecho, las sillas no eran de esas que se pliegan.

Una mujer caminaba entre el auditorio sosteniendo con mucho cuidado una empanada y preguntando a los gritos si alguien sabía primeros auxilios. Un hombre pelado pero buena persona contestó que el si. Los imitadores lo imitaron. El pelado le dio respiración boca a boca a la empanada pero después se tentó y se la comió en dos bocados.

Un ventanal enorme que nos separaba del mar sin ocultarlo se rompió en mil pedazos que se convirtieron en hojas impresas con sentencias de muerte de personas que habían ofendido al caudillo del pueblo que también era dueño del teatro y que al ver el vidrio roto suspiro de tristeza por el precio que tendría que pagar para ver a sus enemigos muertos cosa que había deseado con mucho ahínco por ser su naturaleza vengativa y su carácter tempestuoso aunque se le conocían actos de extremo desapego y gran clemencia sobretodo con las personas que a su entender vistieran ropas que no ofendian la mirada creando el desorden al promover la lujuria que le roba al lujurioso su razón y lo lleva a actos y placeres que la casta sobriedad no permitiría y hasta condenaría por ser de una índole inferior a aquellos que se consiguen con los postres de limón y los licuados de frambuesa que en el mismo teatro se vendían y cuyas ganancias el caudillo pretendía acrecentar mediante publicidades estratégicamente ubicadas en el centro del pueblo donde todos paseaban al único perro que había y se enteraban de las noticias y se invitaban a bailar o a cenar a alguna watt o en su defecto al teatro mismo donde los viernes además de bailar se podían llevar a cabo diversas actividades que aumentaban la imagen turística del pueblo y atraían a extranjeros de variada procedencia muchos de los cuales no hacían sino enamorarse de Luisita que había salido reina en los ocho concursos de belleza que habían trascendido en el pueblo antes de que fueran cancelados porque siempre al día siguiente del concurso el teatro quedaba sucio con papel picado y colillas de cigarrillos que se acumulaban en el piso porque nadie consideraba que fuera su deber recogerlos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

mateo presidente

Mateo dijo...

Perón al poder

papaf dijo...

Genial Mat... el último párrafo es rafting: bajar en el torrente arrastrado por cambiantes olas y flujos de espuma blanca y vertiginosa, siempre a punto de dar contra una roca y tratando de mantenerse en equilibrio,con el corazón hecho un balero, a los tirones en la punta del piolín, y la cara a veces fría producto de un salpicón helado y a veces roja de calor por la adrenalina y el sol mientras uno se pregunta para qué es esto, quién me metió en este baile,por qué se hace rafting en un teatro y quién es la de vestido rosa que dicen que ganó concursos y sin darse cuenta, por la emoción, apaga el pucho y lo deja caer entre tantas colillas de manera tal que se sumará al desorden y será la gota que rebalse el río y provoque la decisión de cancelar los concursos de belleza con lo cual uno se transforma de sujeto en objeto y de caudillo en lector haciéndole a otros lo que no le gustaría que le hicicesen al único perro que se pudo haber salvado de esto si en el momento adecuado en vez de cliquear en login and publish hubiese apagado el despertador y seguido soñando que era ernesto esa sombra fugazmente sentada sobre una roca al bodrde del río, pidiendo a gritos que le devolvieran la plata.