domingo, setiembre 18, 2005

Tarde de campo con apocalipsis de fondo

La tarde se dibujaba abstracta. Tres siluetas éramos contra un naranja lleno de violeta y fuego. Tres siluetas éramos Natasha ernesto y yo. Respetábamos un tácito pacto de silencio que sólo el fluir suave de un arroyo cercano ponía en evidencia.

Lejos, en la montaña, la relación entre los hombres se desdibuja y pierde sentido la palabra hermano. Por eso éramos tres siluetas recortadas en el cielo de la tarde, y no tres hermanos en la cornisa del mundo.

A cierta hora, es más importante lo que se percibe con la vista periférica que lo que está en foco. A esa hora Natasha, ernesto y yo guardábamos nuestras palabras para no tener que hablar. Los ojos clavados en algo que se movía imperceptiblemente, perdiendo tamaño, cortando la incierta línea del horizonte.

Pronto, pero más tarde de lo que habíamos previsto, empezaron a surgir de la tierra columnas de un fuego enojado. Natasha y ernesto permanecian en silencio. Yo no hablaba.

Empuñando dos hachas, se acercaba un caballo al que le salían del cuerpo ramas llenas de hojas. El sonido de su galopar parecía venir desde la izquierda del valle, pero lo veíamos acercarse por la derecha. Se acercaba y era terrible. Ya no era uno sino cuatro. Cuatro caballos.

Se abrió el cielo como una herida y nadaron hacia abajo enredaderas rojas y amarillas. Natasha me agarraba fuerte la mano, pero nadie rompía el silencio.

Sólo yo, en el último momento, solté un suspiro. Pero para ese entonces ni Natasha ni ernesto podían escucharme.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

el atardecer los aturdía

maik dijo...

sniff...me emocione

Gugú dijo...

Qué masa, Mat. me reteque gusta.

Hay una sola dijo...

Yo tambien suspire...o solte el aire que estaba reteniendo para no interrumpir el silencio, el fuego y el galope. Jabaloyes decia que pintabas como si estuvieras escribiendo. Y yo digo que escribis como si estuvieras pintando. Mat...chapeau.